empuñaba una horca, la palabra PAZ acompañada de una cruz que irradiaba santa luz en
forma de trazos gruesos, y dos composiciones sentimentales: un ramillete de flores dedicado a
Papá y Mamá y la otra un corazón que conmemoraba el idilio entre Dick y Carol, la chica con
quien se casó a los diecinueve años y de la que se había separado seis años después para
«hacer lo que tenía que hacer» con otra muchacha, madre de su último hijo. («Tengo tres hijos
y mi intención es hacerme cargo de ellos -había escrito en su solicitud de libertad bajo
palabra-. Mi primera mujer se ha vuelto a casar. Yo me he casado dos veces, pero no quiero
saber nada de mi segunda mujer.»)
Pero ni el físico de Dick ni la galería a pluma que lo adornaba producían la singular
impresión de su rostro, que parecía compuesto de partes dispares. Era como si le hubieran
partido la cabeza en dos, como una manzana, y luego hubieran juntado otra vez las dos partes
pero un poco descentradas. Algo así había ocurrido. La imperfecta alineación de sus rasgos se
debía a un accidente de automóvil que había tenido en 1950; su rostro alargado y estrecho
resultó alterado, el lado izquierdo le quedó sensiblemente más bajo que el derecho y, por lo
tanto, los labios un poco oblicuos, la nariz sesgada y los ojos no sólo a distinto nivel sino de
distinto tamaño, el izquierdo con una mirada furtiva de reptil, venenosa, maligna, que, aunque
adquirida involuntariamente, era como una advertencia acerca del amargo sedimento posado
en el fondo de su naturaleza. Sin embargo Perry le decía:
-A ese ojo no le des importancia porque tienes una sonrisa maravillosa. Una de esas
sonrisas que logran lo que quieren.
Era verdad.
La contracción muscular de la sonrisa restituía al rostro sus proporciones, su equilibrio
y ponía de manifiesto una personalidad menos desconcertante, la de un «buen chico»
americano, con el pelo al cepillo, bastante sensato y no demasiado inteligente. (En realidad
era muy inteligente. Un test que le hicieron en la cárcel le dio un 130, siendo la media, en
prisión y fuera de ella, de 90 a 110.)
Perry estaba también lisiado y las heridas que había sufrido en un accidente de moto
eran más graves que las de Dick. Tuvo que pasarse medio año en el Hospital del Estado de
Washington y otros seis meses llevando muletas. Y aunque el accidente había ocurrido en
1952, como sus piernas de enano, cortas y rechonchas, habían sufrido cinco fracturas, las
múltiples cicatrices le causaban todavía dolores tan agudos que se drogaba con aspirina. Si
bien tenía menos tatuajes que su compañero, estaban más elaborados pues no eran producto
de la mano del aficionado que se tatúa a sí mismo, sino obras de arte realizadas por los
maestros de Honolulu y Yokohama. En su bíceps derecho, el nombre de una enfermera,
COOKIE, con la que trabó amistad durante su estancia en el hospital. En el bíceps izquierdo,
un tigre de pelo azul, ojos anaranjados y fauces escarlata. Una serpiente con la boca abierta,
enroscada en un puñal, le recorría el antebrazo, y en otros puntos de su cuerpo lucían
calaveras, se perfilaban tumbas, florecían crisantemos.
-Ya vale, hermosura. Deja ya el peine -ordenó Dick vestido, y a punto de salir.
En vez del mono de mecánico, llevaba ahora pantalones grises de soldado, camisa
haciendo juego y, al igual que Perry, botas negras de media caña. Perry, que nunca lograba
dar con pantalones a medida de la raquítica parte inferior de su cuerpo, llevaba tejanos
arremangados y una chaqueta de cuero. Pulidos, peinados, atusados como dos galanes que
acuden a una doble cita, se dirigieron al coche.
La distancia entre Olathe, suburbio de la ciudad de Kansas y Holcomb, que podría ser
considerada un suburbio de Garden City, es poco más o menos de seiscientos kilómetros.
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