mañana, pero el señor Sands, que los sábados le confiaba el establecimiento, no sabría nunca
que aquella mañana le estaba pagando para que, en vez de trabajar, revisara su propio coche.
Con la ayuda de Perry, puso manos a la obra. Cambiaron el aceite, regularon el embrague,
cargaron la batería, cambiaron un cojinete estropeado y pusieron neumáticos nuevos en las
ruedas traseras, todo imprescindible, porque entre aquel día y el siguiente, el viejo Chevrolet
tendría que llevar a cabo una verdadera hazaña.
-Mi padre andaba por allí -le dijo Dick a Perry que quería saber por qué había llegado
tarde a la cita que tenían en el Joyita-. No quería que me viera sacar la escopeta de casa.
Cristo, se hubiera dao cuenta de que le estaba explicando un cuento.
-Dado. ¿Y qué le has dicho al final?
-Lo que acordamos. Que esta noche nos íbamos a ver a tu hermana a Fort Scott. Porque
ella tiene dinero tuyo. Mil quinientos dólares.
Perry tenía una hermana y había tenido dos, pero la que sobrevivía no vivía en Fort
Scott, pequeña ciudad de Kansas a ciento cuarenta kilómetros de Olathe. La verdad es que no
sabía con certeza dónde vivía ahora.
-¿Se lo tomó mal?
-¿Por qué iba a tomárselo mal?
-Porque a mí no me puede ver -contestó Perry, cuya voz era suave y afectada al mismo
tiempo, una voz dulce pero que formaba cada palabra con exactitud y la emitía como un aro
de humo salido de la boca de un clérigo-. Ni tu madre tampoco. Lo comprendí por su modo de
mirarme.
Dick se encogió de hombros.
-No tiene que ver contigo. No es porque seas tú. Es que no les gusta verme con uno que
haya estado allá dentro.
Casado dos veces, dos veces divorciado, de veintiocho años, y padre de tres chicos,
Dick había conseguido la libertad bajo palabra a condición de vivir con sus padres; la familia,
que incluía a un hermano menor, vivía en una pequeña granja cerca de Olathe.
-Con nadie que lleve la marca de la cofradía -añadió tocándose un puntito azul tatuado
bajo el ojo izquierdo, distintivo y santo y seña visible, por el que ciertos ex presidiarios
podían identificarlo.
-Lo comprendo -dijo Perry-. No puedo dejar de comprenderlo. Son buena gente. Tu
madre, de verdad, es muy simpática.
Dick asintió con la cabeza. El también lo creía.
A mediodía dejaron las herramientas y Dick aceleró el motor y se quedó escuchando su
zumbido regular, satisfecho de haber hecho un buen trabajo.
Nancy y su protegida Jolene también estaban satisfechas con su trabajo de aquella
mañana; es más, esta última, una delgada muchacha de trece años, rebosaba orgullo. Durante
un buen rato se quedó contemplando aquella obra digna de un premio: las cerezas, recién
salidas del horno, hervían aún debajo del crujiente enrejado de pasta, hasta que Jolene, sin
poder contenerse más, abrazó a Nancy y le dijo:
-En serio, ¿de veras lo he hecho yo?
Nancy se echó a reír, le devolvió el abrazo y le aseguró que sí, que lo había hecho ella
sola... con un poquitín de ayuda.
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