aroma a frutas.) El problema era el dinero. Su total carencia había impulsado a Dick a decidir
que el próximo paso iba a ser lo que a Perry se le antojó «peor que locura»: volver a Kansas
City. La primera vez que Dick habló de ello, Perry dijo:
-Tienes que ir al médico.
Ahora, allá, acurrucados y juntos en la fría oscuridad, oyendo caer la fría y oscura
lluvia, volvieron a la discusión. Perry enumerando otra vez los peligros de tal maniobra
porque sin duda ya estarían buscando a Dick por violación de palabra, «si no por algo más».
Pero Dick no se dejó disuadir. Kansas City, argüía, era el único lugar donde él se veía capaz
de «pasar unos cuantos papeles».
-Claro que tenemos que andarnos con cuidado. Ya sé que tendrán orden de arrestarnos.
Por los cheques que les colgamos entonces. Pero lo haremos rápido. Un día bastará. Si
conseguimos suficiente, quizás podamos largarnos a Florida. Y pasar las Navidades en
Miami... o todo el invierno si nos gusta.
Pero Perry se limitaba a mascar su goma, a temblar y a ensombrecerse.
-Pero ¿qué te pasa, rico? -le dijo Dick-. ¿Es por aquello? ¿Por qué puñeta no puedes
olvidarlo? Nunca nos relacionarán con aquello. Nunca lograrán establecer la más mínima
relación.
Perry contestó:
-Puedes equivocarte. Y si te equivocas, quiere decir El Rincón.
Ninguno de los dos se había referido hasta entonces a la pena máxima del estado de
Kansas, la horca o muerte en El Rincón, como los presos de la Penitenciaria del Estado de
Kansas llamaban al barracón que contiene lo necesario para ahorcar a un hombre.
Dick le dijo:
-Ya nos salió el dramático. Con tu actitud, me matas.
Encendió una cerilla con intención de fumarse un cigarrillo pero algo que la llama
iluminó, le puso de pie y, de un brinco, atravesó el granero hasta un establo de vacas. Dentro
del establo había un coche, un Chevrolet modelo 1956, blanco y negro de dos puertas. Con la
llave puesta.
Dewey estaba decidido a ocultar a la «población civil» todo detalle sobre aquel
descubrimiento relacionado con el caso Clutter. Tan decidido que determinó confiarse a los
dos más importantes voceros de Garden City. Bill Brown, redactor jefe del Telegram y Robert
Wells, director de la estación de radio KIUL. Al describir la situación, Dewey enfatizó sus
razones para considerarlo un secreto de suma importancia:
-Recuerden, existe la posibilidad de que esos hombres sean inocentes.
Era una posibilidad demasiado válida para no tenerla en cuenta. El que había facilitado
los datos, Floyd Wells, podía haber inventado la historia. Inventar cuentos por el estilo era
cosa bastante frecuente entre los presos que esperaban con ello ganar favores o traer la
atención de la autoridad. Pero aunque cada palabra de aquel hombre no fuera más que la
sacrosanta verdad, Dewey y sus colegas todavía no habían conseguido la mínima evidencia,
«evidencia para una corte». ¿Qué habían descubierto que no pudiera ser interpretado como
posible, aunque extraordinaria, coincidencia? Sólo porque Smith se hubiera dirigido a Kansas
para visitar a su amigo Hickock, sólo porque Hickock estuviera en posesión de una escopeta
del mismo calibre que aquel con que se cometió el crimen, y sólo porque los presuntos
asesinos hubieran presentado una coartada falsa para justificar dónde habían pasado la noche
del 14 de noviembre, no eran necesariamente asesinos.
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