«Perry y papá buscando oro.» «Perry cazando osos en Alaska.» En esta última se veía un
muchacho de quince años, con gorro de piel y raquetas de nieve en los pies, entre árboles
cargados de nieve, con un fusil bajo el brazo. Tenía las cejas fruncidas y ojos tristes y
cansados. La señora Johnson, al verla recordó una «escena» que Perry le hizo una vez que fue
a visitarla en Denver.
-Yo era su esclavo -gritó Perry-. Y basta. Alguien a quien podía sacar las entrañas
trabajando sin tener que pagarle un céntimo. No, Bobo, soy yo quien va a hablar. Cállate o te
tiro de cabeza al río. Como una vez en el Japón. En un puente había un tipo. Era la primera
vez que lo veía. Lo cogí y lo eché al río sin más.
»Por favor, Bobo. Escúchame, por favor. ¿Crees que me gusta ser como soy? ¡Lo que
yo habría podido ser! Pero el mal nacido aquel nunca me dio oportunidad. No me dejaba ir a
la escuela. Ya lo sé. Ya lo sé. Yo era un niño malo, díscolo. Pero hubo un tiempo en que le
supliqué que me dejase ir a la escuela. Tengo buena inteligencia. Por si no lo sabes.
Inteligencia y talento. Pero nada de cultura porque no me dejó aprender nada, no quiso que
aprendiera más que a correr y trotar con él. Obtuso. Ignorante. Así es como él me quería. Para
que nunca pudiera escapar de él. Pero tú, Bobo. Tú fuiste a la escuela. Y Jimmy y Fern
también. Todos los mierdas de vosotros tuvisteis vuestra educación. Todos menos yo. Y yo os
odio. A todos. A ti y a papá... a todos.
¡Como si para sus hermanas y su hermano la vida hubiera sido un lecho de rosas!
Quizás sí, si eso era tener que limpiar los vómitos de la madre borracha, si creía que lo era no
tener nada bonito que ponerse ni bastante que comer. Sin embargo, era cierto, los tres habían
cursado la segunda enseñanza. Jimmy terminó como el primero del curso, honor que debía
única y exclusivamente a su fuerza de voluntad. Esto era, en opinión de Bárbara, lo que hacía
tan siniestro su suicidio. Gran carácter, enorme valor, trabajador incansable, parecía como si
ninguno de esos rasgos pudiera influir de modo decisivo en el destino de los hijos de Tex
John. Compartían un destino común contra el que la virtud no era defensa. No es que Perry
fuera virtuoso, ni Fern. A los catorce años, Fern se cambió de nombre y, durante el resto de su
corta vida, trató de justificar el cambio: Joy 1 . Era una chica fácil «amiga de todos», demasiado
de todos, porque sentía debilidad por todos los hombres, a pesar de que no tenía mucha suerte
con ellos. La clase de hombres que a ella le gustaban, siempre la dejaban plantada. Su madre
había muerto de coma alcohólico y a ella le daba miedo beber, pero bebía. Antes de cumplir
los veinte, Fern John empezaba el día con una botella de cerveza. Y una noche de verano se
cayó de la ventana de una habitación de hotel. Al caer, dio contra la marquesina de un teatro y
de allí fue a parar bajo las ruedas de un taxi. Arriba, en la habitación vacía, la policía encontró
zapatos, un monedero sin dinero y una botella de whisky vacía.
Era posible comprender a Fern y perdonarla. Pero Jimmy era distinto. La señora
Johnson contemplaba una fotografía suya vestido con uniforme de marino. Durante la guerra,
sirvió en la Marina. Un esbelto y pálido marinero de cara alargada, un poco ascética y austera,
que pasaba el brazo alrededor de la cintura de la chica con la que se había casado y con la
que, en opinión de la señora Johnson, nunca debió casarse porque nada tenían en común el
serio Jimmy y aquella adolescente de San Diego, metida siempre entre marineros, cuyos
abalorios de cristal reflejaban un sol que se había puesto hacía tiempo. Y el amor que le había
inspirado a Jimmy era un amor fuera de lo normal. Una pasión en parte patológica. En cuanto
a la muchacha, tuvo que haberlo amado. Amarlo mucho para hacer lo que hizo. ¡Si Jimmy se
lo hubiera creído! ¡Si hubiera podido creerlo! Pero los celos se apoderaron de él. Le
mortificaba pensar en los hombres que se habían acostado con ella antes de que se casaran.
1
Alegría.» (N. del T.)
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