soltaran. Decía que pensaba irse a Nevada, a una de las bases de lanzamiento de proyectiles,
que se compraría un uniforme y que se haría pasar por oficial de la fuerza aérea. Así podría
despachar una buena sarta de papel mojado. Este era uno de los proyectos que me contó. (A
mí él, personalmente, nunca me pareció gran cosa. Era listo, no lo niego, pero el papel no le
iba. No se parecía en nada a un oficial de la fuerza aérea.) En otras ocasiones mencionaba a
un amigo suyo, Perry. Un tipo indio, con quien compartió celda. Y de los grandes golpes que
él y Perry darían cuando se juntaran otra vez. Yo no conocí nunca a Perry. Nunca le he visto.
Ya lo habían soltado de Lansing, libertad bajo palabra. Pero Dick repetía siempre que si se
presentaba la oportunidad de un golpe grande, sabía que podía contar con Perry Smith
verdaderamente.
»No puedo recordar exactamente cómo fue que hablamos sobre el señor Clutter. Debió
de ser cuando recordamos los empleos, los distintos trabajos que habíamos hecho. Dick era un
experimentado mecánico de coches y casi siempre había trabajado como tal. Sólo una vez
tuvo un empleo diferente, como conductor de ambulancia. En un hospital. Se ponía muy
petulante hablando de aquello. De las enfermeras, de todo lo que hacía con ellas dentro de la
ambulancia. Bueno, al grano. Le conté que yo habí