El joven se llamaba Floyd Wells, era bajo y casi no tenía barbilla. Había intentado
seguir varias carreras: soldado, bracero, mecánico y ladrón. Esta última le había valido una
sentencia de tres a cinco años en la Penitenciaria del Estado de Kansas. La noche del martes
17 de noviembre de 1959 estaba tumbado en su celda con un par de auriculares de radio
pegados a las orejas. Escuchaba las noticias, pero la voz del locutor y la falta de interés de los
acontecimientos de aquel día («El canciller Konrad Adenauer llegó a Londres ayer para
entrevistarse con el primer ministro Harold McMillan... El presidente Eisenhower ha tenido
una conferencia que ha durando setenta minutos, sobre problemas espaciales y el presupuesto
financiero de los mismos con el doctor T. Keith Gennan»), le estaban provocando sueño. Su
somnolencia se desvaneció al instante cuando de pronto oyó: «Los funcionarios encargados
de la investigación del trágico asesinato de los cuatro miembros de la familia Herbert Clutter
han dirigido al público la petición de que facilite cualquier información que pueda contribuir
al esclarecimiento del desconcertante crimen. Clutter, su mujer y sus dos hijos adolescentes
fueron hallados asesinados en su finca cerca de Garden City, el pasado domingo por la
mañana. Cada uno de ellos apareció atado, amordazado y con un tiro en la cabeza disparado
con una escopeta del calibre 12. Los investigadores admiten que les es imposible dar con el
motivo del crimen, definido por Logan Sanford, director de la Oficina de Investigación de
Kansas, como el más atroz de la historia de Kansas. Clutter, un destacado hacendado,
delegado electo de Eisenhower en la Comisión Federal de Crédito Agrícola.”
Wells se quedó atónito. Con el tiempo describiría su reacción diciendo que «no podía
creerlo». Sin embargo, tenía buenas razones para creerlo porque no sólo conocía
perfectamente a la familia asesinada, sino también a quien había cometido el crimen.
El comienzo había que buscarlo mucho tiempo atrás, once años atrás, en aquel otoño de
1948 cuando Wells tenía diecinueve años. Por entonces, como decía, «iba de un lado a otro
del país cogiendo los empleos que le salían al paso».
-Sea como fuere, fui a parar allá a Kansas occidental. Muy cerca de la frontera con
Colorado. Iba en busca de trabajo y oí decir que en la hacienda River Valley, nombre que
puso a su finca el señor Clutter, necesitaban un bracero. Y efectivamente, me aceptó. Trabajé
allí cosa de un año, por lo menos todo el invierno, y me fui sólo porque no podía tener quietos
los pies en ninguna parte. Necesitaba moverme. No es que tuviera nada contra el señor
Clutter. Me trataba muy bien, como trataba a todos los que trabajaban para él. Por ejemplo, si
andabas corto un poco antes del día de pago te soltaba siempre cinco o diez dólares. Pagaba
buenos salarios, y si te lo merecías te daba una prima. De veras, de todas las personas que he
conocido, me quedo con Clutter. Con toda la familia. La señora Clutter y los cuatro hijos.
Cuando los conocí, los dos eran pequeños, los que han matado. Nancy y el chaval que llevaba
gafas tendrían cinco o seis años. Las otras dos hijas, una se llamaba Beverly y la otra no
recuerdo. Iban ya a bachillerato. Buena familia, buena de verdad. Me marché de allá por el
49. Luego me casé, me divorcié, después me llamaron a filas, pasaron los años, como se dice,
y en junio del 59, diez años después de haber visto al señor Clutter por última vez, me
mandaron a Lansing. Por forzar aquella tienda de aparatos. De aparatos eléctricos. Lo que yo
pretendía era... pues quería hacerme con alguna que otra cortacésped eléctrica. No para
venderlas. Iba a organizar un servicio de alquiler de cortacésped eléctricas. Así, ¿sabe?,
podría tener un pequeño negocio propio. Claro, que no conseguí nada... nada más que una
condena de tres a cinco años. De no ser así nunca hubiera conocido a Dick y quizás entonces
el señor Clutter no estaría en la tumba. Pero así fue. Así es. En Lansing conocí a Dick.
»Fue mi primer compañero de celda. Estuvimos en la misma celda creo que un mes.
Junio y parte de julio. El, por entonces, acababa su condena de tres a cinco años, pues lo iban
a soltar bajo palabra en agosto. Siempre estaba hablando de lo que planeaba hacer cuando lo
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