nos , de algún beso volado o algún beso furtivo en el pequeño trayecto del colegio hasta la esquina de la casa de la noviecita , para que “ nadie se dé cuenta ”.
Pero también había otra alternativa : ir a remar al estero Salado , lo cual era muchísimo menos complicado .
La media hora costaba tres sucres . Se hacía la colecta , pero además el botero exigía como prenda el libro de álgebra , para que nadie se pase del tiempo .
El cielo despejado y el estero abierto transmitían una hermosa sensación de algo nuevo , como si la condición básica para ser felices fuera la libertad .
Después de semejante colecta , todo el mundo regresaba a pie a su casa , aunque viviera lejos .
Rumbo al Salado podía ocurrir que el pequeño grupo se envolviera en largas discusiones de sus últimas lecturas que algún maestro había suscitado .
Extrañamente el profesor de Física había dicho que podía ocurrir que el tiempo transcurriera en velocidades diferentes , en algunas épocas y en algunas geografías … quién lo sabe .
Y en una rara coincidencia , el profesor de Literatura , quien era un conocido escritor , enseñaba que fue justamente un distinguido matemático de la Universidad de Oxford , bajo el seudónimo de Lewis Carrol , que vivió entre 1832- y 1898 , en Inglaterra quien escribió el maravilloso libro Alicia en el país de las maravillas . El maestro contaba con voz pausada que Lewis Carrol
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