Sobre las suaves ondas del río se mecen las flores del campo .
A oscuras conocía los recovecos del camino . Desde las ramas enmarañadas de los árboles , las lechuzas lo miraban como un antiguo camarada .
Al adentrarse en los arrozales , el agua le iba llegando hasta el ombligo . Hay un estero cercano que la tradición popular lo bautizó como “ Mojahuevo ” y el Cabildo consagró tan distinguida denominación …
Era el tiempo de cosecha , y separaba las ramas con “ bigote ” de arroz , y las iba apilando en pequeños montones . El día lo sorprendió cortando espigas . A lo lejos los naranjos encendían de amarillo sus frutas redondas y risueñas . El sol caía perpendicularmente en los tendidos de yute , listos para recoger las espigas que al azotarlas con un palo dejaban caer los granos listos para ponerlos en los sacos .
La tarde ha tendido un cordel de nubes blancas en los cielos celestes .
Manteniendo el ritmo llegaba a llenar 20 sacos para llevarlos a la piladora , en las balsas río abajo . Si la cosecha estaba buena hay que dormir en los pajonales improvisados con toldos para continuar al día siguiente .
La tarde madura de luz y de sonidos , por los montes azules llenos de niebla , declina .
De vuelta a casa en su hamaca a cielo abierto toma el último jarro de café tinto con un muchín de yuca recién cocinado a leña .
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