cuando la marea bajara , en caso de vararse en algún banco de arena , debían esperar seis horas para que una nueva marea los reflote y continuar el viaje . Sobre el agua una luna redonda se iba bañando en el río . Arriba en los cielos de repente las estrellas se abrieron como flores de siemprevivas .
En el muelle , una bandada de pañuelos blancos daba los últimos adioses a los viajeros . En la noche dormida , se oían los últimos vuelos de los pájaros nocturnos , cuyo aleteo se iba perdiendo en el viento .
Ya recostado en las hamacas el trayecto era cómodo y tranquilo . José Joaquín de Olmedo iba acompañado de un sin fin de recuerdos .
Era enero de 1846 . En las riberas cercanas , las vacas seguían rumiando las hierbas con los ojos casi cerrados como si estuvieran soñando .
Viajaba por prescripción médica para cambiar de aires que le permitieran recuperar la salud . Paita era el destino recomendado .
Saliendo del golfo , el infinito del cielo y el mar se abría en la mañana con otros reflejos . Paita era un puerto pesquero desde tiempos inmemoriales … Sus farallones en la playa lo ponían al abrigo de los fuertes vientos .
Una de sus primeras inquietudes fue buscar a Manuela Sáenz , quien vivía en el destierro de Paita .
La casa era sencilla , un pequeño baúl , de esos que se usaban en la colonia , cerrado con doble llave , donde
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