09 En la Ruta del Titiritero | Página 15

en una investigación sobre el uso del teatro de títeres en el proceso de readaptación de menores infractores que realizábamos en un albergue.
Cuestionábamos todo: la responsabilidad de la sociedad civil, la política, la economía, toda una infraestructura que los llevaba a delinquir y les impedía incorporarse a un medio que carecía de sitio para ellos. Nos preguntábamos ¿ los títeres resultaban un medio realmente?¿ para lograr qué? La ponencia incomodó a muchos, pero volví a ser aceptada. Seguía en activo.
Durante un largo periodo seguí sin hablar en una función. Hasta que me tendieron una trampa: unos minutos antes de iniciar una función me pidieron reemplazar de emergencia a la actriz que les faltaba. Yo estaba como espectadora, conocía la obra, había niños por todas partes. No lo dudé siquiera. No tuve problemas. Al terminar, la chica faltante estaba ahí. Yo había recuperado mi voz.
En marzo de 1976 los militares tomaron el poder y aumentaron los secuestros, enfrentamientos y asesinatos. En medio del horror, algunos titiriteros seguíamos viajando, otros empezaban el difícil camino del exilio. Nos movía la necesidad, pero también una fuerza interna que, al igual que a todos los artistas, nos impedía rendirnos. El teatro se hizo en Argentina, como en muchos sitios, pese a las bombas, las amenazas y la muerte.
En mayo estaba con una profunda tristeza en Buenos Aires y, al abrir la puerta un día, un tapete color naranja cubrió de pronto el pasillo de mi casa y lo llenó de luz. Era un amigo del sur que venía de visita a plantearme el loco proyecto de preparar una obra, viajar con ella a Perú y, de ahí, seguir a México. Había que darse prisa y marchar al sur a preparar todo. Seríamos cuatro: él y el hombre que lo acompañaba, yo y Teresita Nuñez, una estupenda constructora y animadora.
Viajamos nuevamente a Neuquén y comenzamos a ensayar. Un día se rompió la rueda de un carrito y los dos compañeros se fueron a buscar otra que la reemplazara. Ambos fueron secuestrados por los militares y uno de ellos llevado a una cárcel clandestina.
Este es un punto clave de mi existencia porque es el instante en que mi vida se precipitó de golpe y nunca nada volvió a ser como antes.
Dos semanas más tarde, yo tenía un“ novio” recién liberado, una hija de dos años y un bebé de tres semanas en mis brazos. Un médico me convirtió en mamá en cuatro horas escribiendo una larguísima lista de todo lo que debía hacer en cualquier caso y circunstancia.“ Alzálo con fuerza. No le demuestres inseguridad o crecerá con miedo”, me dijo.
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