09 En la Ruta del Titiritero | Page 14

Yo quería y quiero el arte en las escuelas, en la vida. El títere para emocionarte, conmoverte, transformarte, hacer tu existencia más plena, tu conciencia más abierta, tu visión del mundo más humana.
En 1968 llegamos a Neuquén, en la Patagonia argentina, para impartir un taller de títeres a los docentes de la zona. Se inscribieron más de ciento veinte personas. Era como si todo el mundo hubiera sido infectado por el titeviridae en una pandemia insólita.
Como resultado, propusimos la creación de una escuela provincial de teatro de títeres. Hicimos una convocatoria para seleccionar el personal inicial. Yo me encargué de realizar toda la curricula y su estructura pedagógica. Así nació la Escuela Provincial de Títeres del Neuquén, en un pequeño galpón con piso de tierra y techo de lámina, domiciliados sus fundadores en el Balneario Municipal, Sección Acampantes. Así figura en el contrato oficial que celebramos para crearla.
En Viedma, Río Negro, creamos el Taller Experimental de Títeres para Adolescentes. Trabajamos muchísimo con ellos: construyeron sus títeres, escribieron sus diálogos, estructuraron sus obras, eligieron temas. Con ellos ganamos el premio Elefante de Oro, otorgado al primer lugar en el festival de espectáculos infantiles de Necochea. Organizamos una gira por el sur de la provincia por la sierra, sus poblados alejados, aislados, en situaciones económicas terribles. Viajamos en un autobús durante un mes compartiendo los procesos internos de cada uno frente a una realidad que descubrían de golpe. Eran quince. Todos demandando todo: atención, dirección, compartición, consejos. Y estaban el arte, el sexo, las hormonas, el amor, la amistad, los miedos. Todo un sacudimiento para ellos y para la joven pareja que éramos nosotros.
Un poco después, Alcides y yo nos internamos durante un mes en un psiquiátrico organizado como comunidad terapéutica para experimentar el empleo del títere como terapia para adolescentes. Ariel Bufano había tenido su experiencia en Buenos Aires, en el hospital Borda, con Rojas Bermúdez. Nosotros estuvimos en Entre Ríos y Corrientes. Trabajar con los pacientes fue increíble pero agotador también.
Las tres experiencias nos exigieron más de lo que podíamos resistir. Fue demasiado. Nuestra pareja terminó extenuada en todos los sentidos y con visiones de la profesión distintas.
En 1974 Alcides y yo nos separamos. Justo cuando el general Perón moría y las desapariciones aumentaban.
De una extraña manera, desapareció mi voz para la escena. Daba talleres, formaba elencos, investigaba, dirigía. Pero era incapaz de hablar desde el escenario.
Dejaron de invitarme a las reuniones de Unima. Ya no era titiritera. Era la ex esposa de uno y había perdido mis derechos. Un día me aparecí en uno de los congresos con un compañero. Llevábamos una ponencia basada
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