Trashumantes
Cecilia Andrés
Errancias, la Vida entre Maletas
Cómo sé que nadie va a ocuparse de escribir sobre lo que hago, he decidido autocelebrarme. Tengo el derecho, ganado a lo largo de cincuenta años de trabajo. De ser titiritera.
¿ Por dónde empiezo? Creo que por mi abuela.
Cuando mi abuela preparaba sus tallarines y capelletis, me entregaba la masa sobrante para que hiciera figuras y jugara con ellas. Muchas abuelas hacen lo mismo con sus nietas. ¿ Cuántas se hacen titiriteras en la edad adulta? No lo sé.
Un tío-abuelo materno fue titiritero, aunque no tuve el gusto de conocerlo. Su teatro se llamaba El Mosquito y, por extensión, a él lo llamaban así. Vivía en la provincia de Córdoba, cuna de titiriteros argentinos.
Durante mi temporada en el infierno en un colegio de monjas pasábamos algunas tardes haciendo teatro en el techo, con escenografía y vestuarios de sábanas y almohadas. Nos castigaban, por supuesto, pero volvíamos a intentarlo. Nos dirigía e impulsaba Sarita, una auténtica rebelde.
A los doce años, a solicitud de una de mis tías, hice una función de títeres para mi prima, que cumplía seis.
A los trece estaba ya como voluntaria en la Cruz Roja, iba a la escuela de invidentes y aprendía el sistema Braille con el cual copiaba cuentos infantiles.
Cecilia Andrés en Voces
Tomaba clases de teatro con Luisa, una estupenda maestra. Representábamos La vida de Florence Nightingale, donde yo era su prima Hilary, y Vicios, obra para la cual tuve que aprender a fumar: única vez y nunca más.
Terminé la Normal, ingresé a Trabajo Social y, más tarde, estudié Ciencias de la Educación. Fui voluntaria en varias instituciones. Aprendía a moverme en las manifestaciones en defensa de la enseñanza laica. Puerta por medio, mi casa estaba al lado del teatro. Allí vi El centro forward murió al amanecer, una obra de Agustín Cuzanni llevada a escena por los actores
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