Aunque lo deseara simplemente el cansancio había logrado derrotarme.
Ordené mi ropa (o al menos lo intenté), mis recuerdos se fueron a aquella cajita que adornaba el espacio que hay debajo de mi cama, puse en cuadros las fotos y muy fatigado me dirigí a la sala. Recostado en mi tan anhelado sillón manchado y muy pensativo no pude hacer nada más que dejar que el peso venciera a mis párpados.
Cuando abrí nuevamente mis ojos, no podía creer lo que estaba presenciando. Vi todo más colorido. Me sentía en el paraíso. El sol brillaba como nunca, las nubes estaban grandes y eran iluminadas de una manera espectacular. Los pájaros cantaban y las flores estaban en su
máximo esplendor. Fue entonces cuando quedé paralizado. Estaban ahí, frente a mí. Mis padres. Tal y como los recuerdo. Simplemente sonreían. Mi mente gritaba “¡Mamá! ¡Papá!” cual niño perdido pero no era capaz de articular palabra alguna. Ellos sonreían y una luz resplandeciente los iluminaba por detrás. Recuerdo el haber llorado. Definitivamente eran lágrimas. Después de tanto tiempo, aquel loco joven que había salido de casa para perseguir un sueño había regresado a casa. Y como siempre, sus padres lo habían estado esperando con los brazos abiertos. Corrí, corrí y corrí hacia ellos. Creía que sería imposible debido a mis frágiles piernas. Sin embargo continuaba corriendo como si mis piernas estuvieran llenas de fuerza como hace tiempo. Las primeras palabras que pudieron salir de mis labios fueron: ¡Esperen! Y lo hicieron. Los abracé como si mi vida dependiera de eso. ¡Su olor! ¡Su calor! ¡Tal y como recordaba! Mi madre solo formó una sonrisa inocente y preguntó “¿Qué has estado haciendo jovencito? Tomé su mano y contesté: Te lo contaré todo llegando a casa. Y así lo hice. No está nada mal. Que para este loco por el arte, toda su vida le estuviera esperando una pintura solo para él más bella de lo que jamás pudo imaginar. Es divertido. ¿Quién hubiera dicho que también hay obras de arte en el aquel lugar?