puede sentir esa sensación de calor tan familiar tan típica de mi niñez. Después de ellos recuerdo a mi pequeña hermanita con sus trenzas a cada lado de su cabeza, las rodillas raspadas y siempre una calceta caída. La extraño. Los extraño. Mis padres ya no están, sólo espero que en dónde quiera que estén, estén en paz. Y mi hermana, de ella ya no he tenido noticias. Toda una mujer, con esposo y una niña que cuida de ella y que es demasiado parecida a ella. Hace tiempo que sus cartas dejaron de llegar, diez años, si mi vieja mente no me engaña. Necesitaba verla. No puedo. No ahora. Entonces recordé: La caja. La pequeña caja debajo de mi cama que el polvo había reclamado. Estiré el brazo y la alcancé. Fue abierta por primera vez en mucho tiempo y mis arrugadas manos sujetaron los recuerdos que guardaba. Fotos mías, de mi hermana, mis padres e incluso mi mascota. Cada una contaba una historia diferente. Como la vez que mi hermana y yo rompimos un vidrio por accidente y al final terminamos confesando a mis padres entre sollozos. Viejos tiempos, convertidos en papel, nada mal. Entonces la vi, aquella foto familiar, una de las más dañadas pero más significativas. Una lágrima quería escapar de mis ojos al mirar a mi familia sonriendo hace tantos ayeres. Eso era lo que necesitaba, esa sería mi batería a lo largo de mi viaje. Mi rostro se iluminó con una sonrisa y coloqué la foto en mi mesita de noche. La mañana siguiente tendría que dejar a mi casa sola y embarcarme en un viaje hacia un mundo desconocido, siguiendo un anhelo que ha persistido desde hace años. Una completa locura típica de cualquier joven.
Recorrer el mundo en busca de las obras de arte que no podría dejar de mirar aunque me lo pidieran. Nunca fui apasionado por el arte, mucho menos un experto. Antes era lo último que pondría en mi lista de importancia, cosas como la economía, la política, el fútbol, las noticias; esas eran cosas importantes…ya no. Mi vida está llena de cosas que no he podido explicar, una de ellas fue mi repentino interés por el arte. Como las pinturas fueron acompañándome en mi soledad; cada mirada de un personaje, cada edificio lleno de ventanas, cada jardín y cada ser mitológico tenía un mensaje para mí y, aunque a veces eran difíciles de descifrar, yo quedaba enamorado de su complicado lenguaje. Ahí es cuando tomé esta tonta decisión de perseguir a mis pinturas o esculturas favoritas alrededor del globo. Fue un sueño tan tonto y absurdo que tenía que perseguirlo y yo fui lo suficientemente loco para seguir con él casi toda una vida.
La mañana siguiente me levanté temprano. Arrastrando los pies logré llegar al baño y me dediqué a tomar una ducha rápida pero relajante. Una vez vestido y arreglado me dirigí hacia la cocina para preparar mi propio desayuno. La nostalgia todavía no desaparecía de mi cabeza y sabía que no iría disminuyendo. Trate de comer lentamente, a lo mejor era debido a que me resultaba con cada minuto que marcaba el reloj más difícil la idea de tener que dejar la casa sola o tal vez una parte de mí tendría miedo de enfrentar un mundo para el cual no estoy preparado en lo absoluto. Fuera lo que fuera aquel instinto, estaba funcionando. Las dudas sólo llegaban: que si el vuelo se retrasaba, que si me robaban algo, que sí tendría problemas para comunicarme, el clima, incluso qué iba a comer se convirtieron en escenarios mucho más terroríficos de lo que en realidad eran. Intentaba alejarlos, sabía que esos serían detalles mínimos comparados a esta satisfacción personal que finalmente lograría obtener.
Una vez terminado mi desayuno, limpié los pocos trastos que aún me esperaban en el lavabo. Todo listo. Ni siquiera un tenedor estaba fuera de su lugar. Había llamado a un taxi hace unos cuantos minutos que ya se dirigía hacia acá, sólo era cuestión de esperar. Me sentía como un adolescente, miles de mariposas invadieron mi estómago y yo me repetía a mí mismo que todo estaría bien aunque no lo creyera del todo, pero lograba tranquilizarme por unos instantes. Un claxon interrumpió mis repeticiones. Este era el momento. El conductor me ayudó a subir mis maletas a la cajuela del vehículo e hice una pequeña revisión en mi mente. Boletos, maleta, pasaporte, dinero en efectivo, tarjetas, cepillo y la pequeña foto de la noche anterior que ya se encontraba guardada en mi billetera. Ahora si estaba listo para el comienzo de mi aventura. El taxista obedeció a mi comando de dirigirse hacia el aeropuerto y el automóvil partió. Yo sólo me resigné a dar una última mirada a la casa, mi casa, que poco a poco se iba haciendo más pequeña. Fue un simple impulso lo que me llevó a agitar mi mano en forma de despedida hacia la vieja casa. ¿El taxista pensará que estoy loco? De seguro lo hace. Pero al menos fue un alivio el decir adiós antes de partir. Una pequeña sonrisa se formó en mis labios y mi alma estaba lista para todo el nuevo panorama que iba a presenciar. Con una firme voluntad y un poco de miedo escondido tras mi calmada apariencia, me acomodé en el asiento esperando a mi primer encuentro con este mundo desconocido: El subir a un avión.
Un largo viaje