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Un largo viaje

66 años. 24820 días. Yo, mi trabajo y mis fatigadas manos. Una vida llena de cansancio dedicada a mi trabajo. Mis arduos esfuerzos para recolectar dinero han dado frutos. No están destinados a la caridad, tampoco para la mejora de mi casa, simplemente para cumplir un ambicioso sueño de este viejo ingenuo proveniente de un pequeño pueblo alemán con ganas de tocar el cielo por primera vez.

En mi viejo ático, arrumbadas, encontré un juego de maletas: la tela estaba en su mayoría rasgada; el color se estaba perdiendo y las correas ya estaban debilitándose. El aspecto de éstas era lo de menos, sólo necesitaban ser capaces de cargar todas mis cosas. Camisa tras camisa, pantalón tras pantalón, mi ropa fue acomodada pieza a pieza en la maleta. Mi última noche en esta casa que me acogió durante toda una vida, es triste mirar al pasado y escuchar a los recuerdos susurrándome a través de las paredes. Mi sombra pasaba una y otra vez por los pasillos vacíos; se sentaba con una taza de té en el porche y admiraba la despedida del sol; se reía por aquellos comentarios del locutor del turno de la tarde; tomaba los libros del ya acabado librero y en aquel sillón café, ya marcado por mil y una manchas, tomaba asiento pacíficamente antes de comenzar a leer un viejo favorito y claro se quedaba dormida. Lo encontraba divertido. Ver como hasta las acciones más cotidianas crearían en mí un sentimiento de nostalgia.

Tuve para la cena, como lo hago usualmente, guisado de papa. Quise añadir algo más especial por ser mi última noche y, sin pensarlo dos veces, mis manos estaban ocupadas por una copa de vino tinto del año 1734. Y, ya que esa noche decidí consentirme ¿Por qué no un strudel hecho en casa como postre? Después de una cena encantadoramente casera, me dirigí hacia mi alcoba subiendo los escalones rechinantes para finalmente poder cerrar los ojos. Una vez postrado en mi desgastada cama, miles de recuerdos desfilaban en mi memoria robándome el sueño. Vi pasar a mis padres uno al lado del otro; mamá llevaba aquel vestido azul que siempre usaba y de mi padre recuerdo las usuales cortadas en su mentón resultado de una mala navaja. Se veían felices, y por ese momento puede sentir esa sensación de calor tan familiar tan típica de mi niñez. Después de ellos recuerdo a mi pequeña hermanita con sus trenzas a cada lado de su cabeza, las rodillas raspadas y siempre una calceta caída. La extraño. Los extraño. Mis padres ya no están, sólo espero que en dónde quiera que estén, estén en paz. Y mi hermana, de ella ya no he tenido noticias. Toda una mujer, con esposo y una niña que cuida de ella y que es demasiado parecida a ella. Hace tiempo que sus cartas