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La Desheredada
Insomnio y Ansiedad
Benito Pérez Gáldos
La Desheredada
Galdós nos muestra con maestria en el Capítulo XII de la primera parte de la Desheredada, titulado Insomnio número cincuenta y tantos, las emociones, sensaciones y pensamientos que mantienen en vela toda una noche a la protagonista de la obra. Con toda la fuerza descriptiva de su prosa, ahonda en los recobecos psicologicos de Isidora. De esta manera, el autor, con una habilidad literaria incuestionable, y un gran conocimiento de las emociones humanas, nos invita, casi nos fuerza, a vivir en primera persona los sentimientos de angustia, y el torbellino de pensamientos inconexos que se suceden en su mente. Minuto a minuto, en una noche sin fin, seremos arrastrados junto a Isidora, hasta un amanacer incierto. A través de una sucesión de pinceladas de sintomas y signos hilvanados con la preción de un cirujano, dibujados con la belleza que solo la buena literatura puede alcanzar, más allá de los sobrios manuales diagnósticos, Galdós nos presenta un complejo cuadro de la ansiedad experimentada por un futuro incierto. Ansiedad por lo que nunca seremos.
A contiuación, presentamos algunos fragmentos del capítulo y una aproximación a la Ansiedad desde un punto de vista más clínico, para resaltar, aún más si cabe, el gran valor de la obra de uno de los grandes autores de la literatura española.
"Fragmentos Capítulo XII de la Desheredada, insomnio número cincuenta y tantos
"¡Qué hermoso palacio, Dios de mi vida! ¡Cuánto habrá costado todo aquello! ¡Pensar que es mío por la Naturaleza, por la ley, por Dios y por los hombres, y que no puedo poseerlo!... Esto me vuelve loca. Dios no quiere protegerme, o quiere atormentarme para que aprecie después mejor el bien que me destina. Si así no fuera, Dios hubiera hecho que yo me enterara de que la marquesa estaba en Madrid. El corazón no puede engañarme, el corazón me dice que cuando yo me presente a ella, cuando me vea... No, no quiero pleitos; quiero entrar en mi nueva, en mi verdadera familia con paz, no con guerra, recibiendo un beso de mi abuela y sintiendo que la cara se me moja con sus lágrimas. ¡Es tan buena mi abuelita!..."
"Ya siento un poco de sueño. Detrás de los ojos noto pesadez... Si no fuera por este pensar continuo y esto de ver a todas horas lo que ha pasado y lo que ha de pasar... Ven, sueñecito, ven... ¿Pero cómo he de dormir? Me acuerdo de mi hermano preso, y la cabeza se me despeja, doliéndome. Está visto, no me dormiré hasta las dos. ¡Pobre, infeliz hermano!..."
"¡Ay, infeliz Isidora, infeliz mujer, infeliz mil veces! ¿Cómo quieres dormir con tanta culebrilla en el pensamiento? Aquí, debajo de este casco de hueso, hay un nido en el cual una madre grande y enroscada está pariendo sin cesar..."
"Quiero dormir; pero no se duerme sin olvidar, y yo no puedo echar de mi cabeza tanta y tanta cosa. ¡Si se lograra dormir cerrando mucho los ojos; si se pudiera olvidar apretándose las sienes!... Me volveré de este otro lado. ¿Para qué, si al instante me he de cansar también? Más vale que abra los ojos, que me distraiga rezando o contándome cuentos. ¡Jesús, qué negro está mi cuarto! Si no duermo, vale más que encienda luz y me levante, y abra el balcón y me asome a él... Pero no, tendré frío, me constiparé, cogeré una inflamación, una erisipela. ¡Ay, qué horror! Me pondré tan fea..., y es lástima, ¡porque soy tan guapa, me estoy poniendo... divina!..."
"Esta es otra; ¿por qué me palpita el corazón? Lo mismo fue hace dos noches. Yo tengo algo, yo estoy enferma. Este latido, este sacudimiento no es natural. Parece que se me salta... ¡Jesús, madre mía! ¿Qué siento? ¡Pasos en mi cuarto! ¡Alguien ha entrado!... ¡Ah!, no, no hay nada: es como una pesadilla... ¡Cómo sudo, y qué sudor tan frío! ¡Si al menos me durmiera! ¿Pero cómo, si el corazón sigue palpitando fuerte?... Tengamos serenidad. Corazón, estate quieto. No bailes tanto, que me dueles... ¡Cuidado, que te me rompes, que te me rompes!..."
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