no queda en un estado opresor ni en un perturbadoramente sofisticado
sistema de narcotráfico. Empieza conmigo, con nosotros, con todos. Con el
mexicano que vemos en el espejo.
Esto no es sorpresa cuando analizamos los factores que la OMS ha declara-
do que pueden influir para que surjan conflictos y los comparamos con
nuestra realidad: la ausencia de procesos democráticos y el acceso desigual
al poder. Las desigualdades sociales caracterizadas por grandes diferen-
cias en la distribución y el acceso a los recursos. Los cambios demográfi-
cos rápidos que desbordan la capacidad del Estado para ofrecer servicios
esenciales y oportunidades de trabajo. A lo que agregan:
Algunos de los factores de riesgo comunes a todas las formas de violencia
producción en algunos sectores agrícolas para “estabilizar el mercado”,
aunque hay millones de personas que carecen de las mismas cosas cuya
producción limitamos, y que las necesitan mucho”
El mayor problema en torno a la violencia actual no se encuentra en cuán-
se trata de una situación en la que la propia culpa se niega o se ignora, y
ninguna ayuda se le puede dar al que no acepta que la necesita.
Esto no significa que sea un problema nimio: vivimos en una sociedad
tan dañada, que la agresividad ni siquiera se percibe como una prisión de
la cual librarse; el hombre ha tenido revoluciones ideológicas y políticas
tan fuertes que creemos que nuestra libertad y equilibrio ético han sido
ya conquistados. Mientras tanto, vituperamos las burkas y algunas so-
ciedades orientales por ser “misóginas” mientras que aquí, el mexicano
macho se manifiesta en la vida cotidiana; nuestra graciosa democracia se
vive en una incomodidad permanente, y si acaso se tiene la suerte de ser
escuchado, no faltará la violenta oposición que no buscará dialogar, tan
sólo mostrar superioridad o satisfacer su berrinche de tener la última pa-
labra. Todo esto se resume en que, evidentemente, la violencia mexicana
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manías, el aislamiento social, la rigidez en los roles de los sexos, y la po-
breza y la desigualdad en los ingresos, así como características personales
tales como un insuficiente control del comportamiento y la escasa autoes-
tima (OMS, Informe mundial sobre la violencia y la salud).
Los factores mencionados son un esbozo de los problemas que aquejan a
una buena parte del país, y bajo estas condiciones el resultado es tensión
y miedo en la sociedad; lo cual influye en el individuo quien, a su vez, ex-
acerbado y vacío busca venganza, o bien en el caso del perpetrador, busca
reconocimiento y poder.
Aunque el estado pueda influir en algunos de estos factores, es el pueblo
quien los acepta; mediante el sometimiento a las leyes que causan estos
fenómenos, o una cultura que marca diferencias innecesarias entre clases,
acepta el egoísmo y avaricia como un instrumento que lleva al progreso
o acepta actitudes y acciones de sometimiento y dominio. “Ser la víctima
es sencillo; reconocerse como victimario y perseguidor ―como hicieron
Pedro y Pablo, por cierto― requiere una conversión” (De Haro, V., ¿De
quién soy el victimario?). Somos nosotros mismos quienes debemos buscar
una cultura de paz y solidaridad (sin perder la propia individualidad);
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tos sean afectados ni qué tan intensa sea esta. El mayor perjuicio es que
interpersonal son haber crecido en un hogar violento o roto, las toxico-