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Cuento
Mamá ayudaba a Delfina, mencionándole los pros y los contras de cada juego. Lo mismo pasaba con las salas: una era muy clara, otra estaba en mal estado, según ella y la otra opción no era el estilo exacto que buscaba. Total: todo estábamos hartos y cansados, pero Delfina seguía buscando los muebles ideales: buenos, bonitos y baratos.
Entonces papá sugirió: “que les parece si nos vamos a comer por aquí y descansamos un poco, después volvemos más frescos para que Delfina elija lo que necesita”. Todos estuvimos de acuerdo. Mi mamá descansó al oír que todos apoyaban la moción. Solo Delfina preguntó: “Que tal que cuando regresemos ya vendieron el que yo quería?”. Todos resoplaron.
Nos metimos a comer en una fondita cercana, donde habíamos comido en otras ocasiones, nada del otro mundo, pero con buen sazón y precios muy módicos. Todos pedimos rápidamente la sopa, el arroz y el guiso que nos gustó. Solo Delfina le daba vuelta a la carta que no era mas que un papel impreso, dentro de un sobre plástico, viejo y amarillento. Eustoquio le dijo a la mesera: “tráigale lo mismo que a mí”, cosa que no hizo mucha gracia a Delfina, por lo que se quedó refunfuñándole a Eustoquio por un rato. Comimos con hambre todo lo que nos trajeron. El postre fue plátanos con crema.
Una vez de regreso al mercado, nos enfilamos a la zona de salas y comedores. Eustoquio había venido hablando con Delfina todo el camino, atrás del resto, por lo que todos imaginamos que ya habían llegado a discutir que sala y qué comedor se llevarían. Lejos estaban de tal decisión, Delfina continuó viendo más muebles, objetándoles a cada uno de ellos diferentes cosas, pidiendo precio para más y más muebles. Entonces todos notamos que la cara de Eustoquio se iba haciendo mas y mas arrugada. Delfina muy en su derecho reclamaba y contestaba cada cosa que le decía su novio y el resto de nosotros ya estábamos muy cansados de todo.
Ese agradable domingo terminó muy mal: Eustoquio terminó desesperado, pero Delfina no dejó de discutir nunca y no decidió por ningún mueble. Papá ofrecía regresar otro fin de semana, pero nadie le hacías caso. Nosotros ya le pedíamos a papá volver a casa y mama, aunque mas paciente, también quería terminar con la búsqueda. Eustoquio y Delfina se hicieron de palabras, se gritaron muchas cosas feas y terminaron de pleito. Cuando la situación llego a ese punto, mis papás nos tomaron a mis hermanos ya mí de la mano y empezamos a caminar hacia la salida. Atrás venían Eustoquio y Delfina gritándose y gesticulando.
La cosa terminó mal: los novios se disgustaron tanto que rompieron su compromiso ese mismo día. Eustoquio no la volvió a ver, y sufrió por mucho tiempo la pérdida. De Delfina nadie supo más. Eustoquio sufre cada vez que un despistado le pregunta por Delfina y su compromiso. Termina ahí mismo la plática y se aleja.
Mi tío Eustoquio no volvió a ser el mismo de antes, ya no es tan alegre como solía ser. Nosotros fuimos muchas veces más a los tianguis. Yo me hice una experta en antigüedades y actualmente vivo de mi pequeño negocio de muebles y antigüedades y me va muy bien. Adoro ir a los tianguis, especialmente el de La Lagunilla.