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misma te fascina y asusta. Si prendo un fuego puedo
arder adentro del espacio. Una caja de fuego y mi
cuerpo adentro, incinerado. Pensar en el fuego te da
ilusión de calor y te vas durmiendo. Al día siguiente
todo empeora, no en la casa, sino adentro tuyo. Te
corroe una angustia que apenas te deja ponerte en pie.
Tensa tus músculos, te oprime al centro del pecho
como si es-tuvieran insertando un tornillo enorme
hacia la columna. No lo tolerás. El día no promete
demasiado y comenzó a sofocarte. Entonces te decís:
voy a realizar algunas compras para la casa.
Te lo decís, te das la orden porque no tenés voluntad
para el hecho. Hace tiempo que actúas así, te das
órdenes como si fueras tu patrón. Ahora vamos a salir
y hacer compras. Volveremos y abriremos todas las
ventanas. Pluralizarte da cierta calma. Tu voz interna,
duplicada, otorga un modo particular de compañía.
Entonces salís. La primera impresión, es la luz violenta
de la mañana. Una luz pesada, concreta, hiere la
mirada, produce parpadeos. Pero podemos con esta
luz, te lo decís, podemos tolerar el exceso de luz, este
resplandor que me quema pasará, te lo decís en voz
alta para que venga el alivio a tus ojos. Y caminás por
el barrio, primero alrededor de tu manzana, como
quien no se atreve a la lejanía. Pero después te
arriesgás y hacés dos cuadras más. Mirás los negocios,
entrás a uno. La señora que lo atiende te habla con
una suavidad inusitada. Te vende un objeto al que
coloca en un sobre de papel; el roce de tu mano lo
siente suave. La mano deja la crispación. Ahí lo notás,
en todo el camino tuviste las manos apretadas, tiesas.
Vas a otro negocio, venden fruta y verdura, te resulta
barata, mucho más eco-nómica de lo que pensabas. La
fruta está en un estado resplandeciente, como fruta de
cerámica, pensás, y ese chiste bobo, interno, te
provoca una sonrisa que, la persona que te atiende se
adjudica y te devuelve su sonrisa y te regala dos
manzanas. Entonces continuás con más ánimo. El
barrio no está del todo mal. Se vuelve un barrio
posible, habitable. Por ese trecho, por ese camino
corto. En esos pasos el barrio es una posibilidad de que
continúe la vida. El sol disminuye y las cosas, el borde
de las cosas, se vuelve nítido, de una nitidez irreal. Si
he caído hacia un fondo, esta caminata lenta me
devuelve a la superficie de lo real. Necesito la realidad.
Me calma saberme verdadero. Un poco de sudor se te
acumula en la frente, la secás con el dorso de la mano.
Esa humedad es fresca y te genera placer y alivio. Te
decís: vamos a vivir. Por un rato no hay miedo. Vamos a
vivir. Euforia. Vamos a vivir.