Y digo yo... | Seite 19

19 misma te fascina y asusta. Si prendo un fuego puedo arder adentro del espacio. Una caja de fuego y mi cuerpo adentro, incinerado. Pensar en el fuego te da ilusión de calor y te vas durmiendo. Al día siguiente todo empeora, no en la casa, sino adentro tuyo. Te corroe una angustia que apenas te deja ponerte en pie. Tensa tus músculos, te oprime al centro del pecho como si es-tuvieran insertando un tornillo enorme hacia la columna. No lo tolerás. El día no promete demasiado y comenzó a sofocarte. Entonces te decís: voy a realizar algunas compras para la casa. Te lo decís, te das la orden porque no tenés voluntad para el hecho. Hace tiempo que actúas así, te das órdenes como si fueras tu patrón. Ahora vamos a salir y hacer compras. Volveremos y abriremos todas las ventanas. Pluralizarte da cierta calma. Tu voz interna, duplicada, otorga un modo particular de compañía. Entonces salís. La primera impresión, es la luz violenta de la mañana. Una luz pesada, concreta, hiere la mirada, produce parpadeos. Pero podemos con esta luz, te lo decís, podemos tolerar el exceso de luz, este resplandor que me quema pasará, te lo decís en voz alta para que venga el alivio a tus ojos. Y caminás por el barrio, primero alrededor de tu manzana, como quien no se atreve a la lejanía. Pero después te arriesgás y hacés dos cuadras más. Mirás los negocios, entrás a uno. La señora que lo atiende te habla con una suavidad inusitada. Te vende un objeto al que coloca en un sobre de papel; el roce de tu mano lo siente suave. La mano deja la crispación. Ahí lo notás, en todo el camino tuviste las manos apretadas, tiesas. Vas a otro negocio, venden fruta y verdura, te resulta barata, mucho más eco-nómica de lo que pensabas. La fruta está en un estado resplandeciente, como fruta de cerámica, pensás, y ese chiste bobo, interno, te provoca una sonrisa que, la persona que te atiende se adjudica y te devuelve su sonrisa y te regala dos manzanas. Entonces continuás con más ánimo. El barrio no está del todo mal. Se vuelve un barrio posible, habitable. Por ese trecho, por ese camino corto. En esos pasos el barrio es una posibilidad de que continúe la vida. El sol disminuye y las cosas, el borde de las cosas, se vuelve nítido, de una nitidez irreal. Si he caído hacia un fondo, esta caminata lenta me devuelve a la superficie de lo real. Necesito la realidad. Me calma saberme verdadero. Un poco de sudor se te acumula en la frente, la secás con el dorso de la mano. Esa humedad es fresca y te genera placer y alivio. Te decís: vamos a vivir. Por un rato no hay miedo. Vamos a vivir. Euforia. Vamos a vivir.