INTERVENCIONES PÚBLICAS 771
de todo escritor. Queda, sin embargo, el aspecto más profundo, la causa eficiente de nuestra inercia revolucionaria.
Se dice que somos escritores de torre de marfil. Aceptado. Pero las torres marfileñas no surgen de la nada; al contrario, tienen sus raíces en la tierra. La nuestra, y la llamo de marfil por facilitar la exposición-en realidad es la torre del desamparo-, se hizo posible por una serie de factores: falta de tradición-la tan llevada y traída falta de tradición-; frustración de la ciudadanía( machadato, batistato, grausato, nuevo y más decepcionador batistato); frustración de los escritores que nos precedieron( si nos miramos en un espejo empañado no acertaremos a vernos la cara); falta de protección tanto oficial como de iniciativa privada; ausencia de público que nos leyera; de críticos que nos enjuiciaran; de editores que se encargaran de publicar nuestras obras( hacia 1939 el español Losada tuvo el propósito de abrir su casa editorial en La Habana. Para ello solicitó del gobierno cubano una exención de impuestos por diez años. A nuestro gobierno, que padecía, más que de miopía cultural, de ceguera absoluta, le pareció exorbitante tal pretensión. Resultado: la editorial Losada está en Buenos Aires y son los argentinos los beneficiados); chatura de la vida nacional; política en función de latrocinio, de esquilmación del pueblo y hasta crimen; dictadura del profesor y del periodista en la vida cultural, llamémosla así, del país; tentación de ingresar en esas filas, con los siguientes resultados: dejación de su condición de escritor si se decidió a dar tal paso, o amurallamiento en la torre de marfil, es decir vida literaria precaria, vida vegetativa por cuanto su esfera de influencia terminaría precisamente en las cuatro paredes de dicha torre. Por otra parte, no anatematizo ni a profesores ni a periodistas. El uno y el otro son útiles al fenómeno cultural en cualquier país; más bien quiero significar que para el escritor cubano, en el caso de pretender ensanchar dicha esfera de influencia, tendría fatalmente que ubicarse en el periodismo o en el profesorado.
Tenemos numerosos ejemplos de ello; sabemos que tal o más cual escritor, de tal o más cual generación, ha hecho popular su nombre, no por ser estrictamente un escritor, más por el hecho de sus artículos en el periódico o por su cátedra en la Universidad. Para no hablar de los que se hicieron políticos, lo cual en Cuba hasta el triunfo de la Revolución significaba situarse en las antípodas de toda cultura. De una forma u otra, y limitando el fenómeno a la peculiar posición del escritor cubano, tenemos una verdad axiomática: hasta el momento presente somos prácticamente desconocidos y algo todavía de mayor importancia: somos inoperantes. Cualquier milagro, cualquier cambio de frente podrá producirse de hoy en adelante, pero hasta el momento