Vida Médica Volumen 77 N°2 2025 2 | Seite 76

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EL FIN DE LA VIDA Y EL BUEN MORIR

Dr. Miguel Solar

La vida humana tiene una última etapa: el proceso de morir, marcado por la destrucción progresiva del cuerpo. Pero si se reciben buenos cuidados, esta pérdida física puede ir acompañada de un crecimiento anímico. En esta fase, los familiares y cuidadores, con apoyo de los equipos de salud, deben procurar un Buen Morir. En Chile, esta etapa suele vivirse en casa. Por ello, las cuidadoras profesionalizadas adquieren un rol clave. Morir bien implica“ cosechar” la buena vida vivida. Esto supone que el enfermo, al tomar conciencia de su diagnóstico y pronóstico, atraviese un proceso de aprendizaje emocional, habitado por fases anímicas: ansiedad, depresión y, en algunos casos, estados psicóticos. La ansiedad suele manifestarse en la negación del diagnóstico o la búsqueda de soluciones alternativas, lo que puede retardar la aceptación. Si se prolonga, puede derivar en un“ estrés crónico”, un síndrome depresivo ansioso que, en patologías como el cáncer, disminuye la inmunidad y puede empeorar la evolución. Cuando se asume que se está en el final de la vida, aparece la fase depresiva. Junto a la tristeza, surgen confusión, incertidumbre, pereza … y una sensibilidad aguda para recordar. Sin futuro, todo el pasado se hace presente. Comienza así la cosecha: memorias, conversaciones, sueños, silencios, meditaciones. A ello se suma la resignificación de los momentos difíciles: lo que algunos llaman perdón. No como olvido, sino como acto de entrega que permite restablecer vínculos rotos. En esta etapa, la extrema sensibilidad del paciente facilita comprender que incluso quien le ofendió, tal vez buscaba su propio bien, o solo reaccionaba a una agresión no advertida. En lo profundo de esta depresión, con ciertas áreas cerebrales inhibidas y otras activadas, surgen alucinaciones: reposiciones sensoriales de la vida vivida. Escuchadas con respeto por los cuidadores y validadas en lo posible, se suman a la cosecha de la buena vida. En mis 23 años de trabajo en el programa de cuidados paliativos domiciliarios del Hospital Dr. Hernán Henríquez Aravena de Temuco, observé un fenómeno singular: al experimentar estos estados psicóticos, muchos pacientes dejaban de sentir dolor. La desconexión con el entorno incluía al cuerpo. Estas reacciones anímicas, propias del deterioro físico, requieren acompañamiento. El rol de los equipos de salud y de los cuidadores es enseñar al enfermo a recorrer este tramo final como un proceso de remodelación de su persona, que le permita vivir el fin de su vida como una síntesis de los bienes recibidos, un momento de plenitud y eternidad. La atención médica, sin contradecir este objetivo, también debe aliviar síntomas como el dolor( somático, visceral o neuropático), náuseas, vómitos, estreñimiento, disnea y otros que atormentan. Asimismo, pueden hacerse esfuerzos para prolongar la vida si el paciente lo desea, pues muchas veces falta cerrar un ciclo: reencontrarse con un ser querido, decir adiós, cumplir una promesa. Hay quienes fallecen justo después de que llega el hijo o la hija que estaba lejos. El proceso de morir puede deberse a enfermedades del sistema circulatorio, respiratorio, digestivo, nervioso, renal. Su duración varía, pero en patologías como el cáncer avanzado, se prolonga, haciendo sentido aquella antigua oración:“ líbrame de una muerte súbita”. También influye la relación entre el enfermo y quienes lo cuidan. Cuando se ha hecho la cosecha y se ha cuidado bien, ambas partes llegan a un acuerdo profundo: el“ déjenme irme” del enfermo y el“ dejémoslo partir” de los hijos. Nacemos cuando nuestros padres se ponen de acuerdo para hacernos, y partimos cuando nuestros hijos se ponen de acuerdo en que ya no somos necesarios para ellos. Y está bien. Es el ciclo de la vida. El Buen Morir no solo es un beneficio para quien culmina su existencia con sentido, sino también para su comunidad. Deja un legado ético y afectivo, un patrimonio inmaterial que puede y debe ser cultivado … mediante un Buen Vivir.