Vida de San Juan Bautista De La Salle VIDALASALLE | Page 6

alentaron muchísimo. De ellos aprendí a animar y alegrar la vida de aquellos con los que trabajé en las Escuelas para que no fueran por la vida con cara de funeral. Algunos dicen que el retrato que hizo de mí el pintor Léger refleja la paz y la alegría interior con que intentaba vivir. En los asuntos económicos recibí mucha ayuda de mis abuelos para gestionar la sustanciosa herencia de mis padres. En este aspecto, yo contaba además con mi salario como recitador oficial de oraciones diarias de la Catedral. Mi hermana pequeña dejó el hogar para ingresar en un con v~ de monjas, y mis abuelos se encargaron del cuidado de mi hermana mayor y mi hermano menor. Así que, aunque legalmente yo era d responsable de todos mis hermanos, sólo tenía a mi cuidado a tres de ellos. Me siento bastante orgulloso de cómo se educaron: dos se hicieron sacerdotes y el otro fue un marido y padre ejemplar. Como en todas las familias, tuvimos algunas tragedias. Además de la muerte inesperada de mis padres y de cuatro hermanos pequeños, mi hermana, la religiosa, murió a los 25 años, y mi hermano menor tuvo que ser enviado a un centro psiquiátrico de aquel tiempo. La vida no fue siempre fácil - para nosotros. Gestionar la herencia de mis padres y cuidar a mis hermanos me impedía continuar los estudios en la universidad. Tenía que encontrar un equilibrio entre todas estas ocupaciones y mi preparación para ordenarme sacerdote. Tal vez por esto nunca llegué a ser lo que algunos llaman un cura de sacristía, una persona alejada de la vida real, encerrada en un seminario o protegida por una familia rica. Y tal vez, también, ésta sea la razón por la que, más tarde, rechacé el clericalismo de la época. Algunos sacerdotes se consideraban a sí mismos como una élite poderosa, como una nobleza dentro de la Iglesia. En mi vida tuve que relacionarme con muchos de ellos y, a la vez, vivir con personas rudas y maleducadas a las que ni siquiera hubiera elegido como sirvientes para mi casa. Creo que de no haber sido por ciertas circunstancias, yo también habría sido uno más de aquellos clérigos. Gracias a Dios, mis buenos amigos del seminario y la gente sencilla y pobre con la que traté me abrieron los ojos y aprendí a verles con los ojos de la Fe, como hijos de Dios y hermanos míos. Algunos de mis compañeros dijeron que yo era inteligente porque aproveché bien los estucos y terminé la carrera con la máxima calificación: "Summa cum laude”. Por lo que a mí se refiere, aunque llegué a sacar el doctorado en Teología, nunca me consideré un intelectual, sino más bien una persona práctica que hizo lo que creía que debía hacer en cada momento. Los estudios y las tragedias familiares de aquellos años llenaron mi cabeza de conocimientos y mi corazón de