Vida de San Juan Bautista De La Salle VIDALASALLE | Page 16

de nieve, ¿recuerdas?, se recrudecían con frecuencia. La herida que tenía en la rodilla se me volvió a abrir cuando me caí en París sobre un estilete de hierro clavado en el suelo y tuve que guardar reposo durante casi seis semanas. A todo esto se añadieron fuertes dolores de cabeza, tal vez como consecuencia de tantas preocupaciones sobre las escuelas, los juicios, la oposición de la gente y el estado de mi propia salud. No quiero hacerme pesado con todo esto, pero aún me quedaría por añadir los ataques de asma que me acompañaron hasta los últimos días. Me sentía verdaderamente crucificado. Como ves, los días felices que te conté quedaban atrás, desvanecidos en el aire; ahora, vivía tiempos de prueba. En medio de todo este laberinto, la ayuda de los Hermanos, el recuerdo de la presencia de Dios y de Jesús en nuestras vidas y en nuestro trabajo, me daban una fortaleza especial. Años después decidimos que la expresión "Viva Jesús en nuestros corazones" sería la contraseña de nuestra Comunidad, algo así como nuestro particular "grito de guerra" al iniciar y terminar todas nuestras acciones. Si conoces a los Hermanos, seguro que se lo has oído alguna vez. Si no, díselo y espera a ver qué te responden.  ORGANIZACIÓN DE LAS ESCUELAS Y COMUNIDADES Mi vida en estos años fue realmente muy agitada. Me pasaba los días visitando las comunidades y a los chicos en las escuelas, casi siempre viajando a pie. Por entonces, había únicamente tres formas de desplazarse: la diligencia, el caballo y a pie. Como puedes suponer, ni se nos pasaba por la imaginación que algún día se inventasen los trenes, autobuses o aviones. Viajar en diligencia o a caballo era muy caro, así que había que hacerse los caminos a pie, ya lloviera, granizara o hiciera sol. Un mes de julio recorrí el camino de Reims a París, unos 130 kilómetros en tres días para visitar a un Hermano muy enfermo. Cuando llegué ya había muerto. Le quería mucho y no pude aguantar las lágrimas. El agotamiento del viaje y el dolor de la muerte del Hermano me hicieron caer muy enfermo. Al día siguiente los Hermanos llamaron a un sacerdote para que se responsabilizara de mi alma y a un médico para que se encargara de mi cuerpo. Agonizaba entre dolores ocasionados por una retención de orina y por el reumatismo. El médico dijo que el tratamiento que me iba a dar o me mataba o me curaba. Lo primero estuvo a punto de cumplirse, pero, gracias a Dios, seis semanas después estaba caminando de nuevo. Nunca hablé ni escribía los Hermanos sobre mis dolencias. Ellos tenían ya suficiente con sus propios problemas. Cuando no estaba fuera, de visita a las comunidades o a las escuelas, me dedicaba a sustituir a los Hermanos en las clases o a escribirles cartas.