VIAJES DE GULLIBER Swift, Jonathan - Los viajes de Gulliver | Page 155
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Mi amo me dio en pocas palabras una amable respuesta; me otorgó un plazo de dos
meses para terminar el bote, y ordenó al potro alazán, mi compañero de servidumbre -a esta
distancia puedo atreverme a llamarle así-, que siguiese mis instrucciones, pues dije a mi
amo que su ayuda sería suficiente y, además, sabía que me tenía cariño.
Mi primer paso fue ir en su compañía a la parte de la costa donde mi tripulación rebelde
me había obligado a desembarcar. Me subí a una altura y, mirando hacia el mar en todas
direcciones, me pareció ver una pequeña isla al Nordeste; saqué mi anteojo y pude
claramente distinguirla a distancia como de cinco leguas, según mi cálculo. Pero al potro
alazán le parecía sólo una nube azul; pues, como no tenía idea de que hubiese país ninguno
fuera del suyo, no estaba tan diestro en distinguir objetos remotos en el mar como yo, tan
familiarizado con este elemento.
Una vez descubierta la isla, no pensé más, sino que resolví que ella fuese, de ser posible,
el primer punto de mi destierro, abandonándome luego a la fortuna.
Volví a casa, y, previa consulta con el potro alazán, fuimos a un monte bajo situado a
alguna distancia, donde yo, con mi cuchillo, y él, con su pedernal afilado, sujeto con gran
arte, según el uso del país, a un mango de madera, cortamos numerosas varas de roble, del
grueso aproximado de un bastón, y algunas ramas mayores. Pero no he de molestar al lector
con la descripción detallada de mi obra. Bástele saber que en seis semanas, con la ayuda del
potro alazán, que construyó las partes que requerían más trabajo, terminé una especie de
canoa india, aunque mucho mayor, cubierta con pieles de yahoo, bien cosidas unas o otras
con hilos de cáñamo que yo mismo hice. Me fabriqué la vela también con pieles del mismo
animal, empleando las de ejemplares muy jóvenes en cuanto me fue posible, porque las de
los viejos eran demasiado inflexibles y gruesas. Asimismo me proveí de cuatro remos. Hice
acopio de carnes cocidas, de conejo y de ave, y me preparé dos vasijas, una llena de leche y
otra de agua.
Probé mi canoa en un gran pantano, próximo a la casa de mi amo, y corregí los defectos
que le encontré; tapé las rajas con sebo de yahoo, hasta que la dejé firme y en condiciones
de resistirnos a mí y a mi carga. Y cuando estuvo tan acabada como era en mi mano
hacerlo, la transportaron muy cuidadosamente a la orilla del mar en un carro tirado por
yahoos, bajo la dirección del potro alazán y otro criado.
Todo listo, y llegado el día de mi partida, me despedí de mi amo y su señora y demás
familia, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón destrozado por la pena. Pero su
señoría, llevado de la curiosidad, y quizá -si puedo decirlo sin que se me tenga por
vanidoso- por cortesía, quiso asistir a mi marcha en la canoa, e invitó a algunos vecinos a
que le acompañasen. Tuve que esperar más de una hora a que subiese la marea, y luego,
encontrando que el viento soplaba muy prósperamente hacia la isla a que pensaba dirigir el
rumbo, me despedí por segunda vez de mi amo; por cierto que cuando iba a arrodillarme a
besar su casco me hizo el honor de levantarlo suavemente hasta mi boca. No ignoro cuánto
se me ha censurado al referir este último detalle, pues a mis detractores les cumple suponer
improbable que persona tan ilustre descendiese a dar tan gran señal de deferencia a una
criatura tan inferior como yo. Tampoco he olvidado la inclinación de algunos viajeros a
alabarse de haber recibido extraordinarios favores. Pero si estos censores míos conociesen
mejor la condición noble y cortés de los houyhnhnms cambiarían bien pronto de opinión.
Hice entonces presentes mis respetos a los demás houyhnhnms que acompañaban a su
señoría, y entrándome en la canoa dejé la playa.
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