Verdad y Vida Mayo/Junio 2017 | Page 27

a seguir para dirimir entre lo correcto y lo falso? Aquí es donde quedó patente que, a pesar de todas las deformaciones habidas, seguía existiendo una regla que servía para distinguir de manera definitiva lo recto de lo torcido.
Al aplicar esa regla se comprobó que bastantes de las creencias y prácticas que habían quedado consagradas por la tradición y el tiempo, no soportaban la prueba. Una vez llegados a este punto, la cuestión a decidir era si se emprenderían las acciones pertinentes para recuperar el modelo original y, en caso afirmativo, hasta dónde se consideraba que era necesario llegar en ese proceso de enderezamiento.
Dependiendo de la respuesta que se diera a esta última cuestión, así sería la profundidad y el alcance de la reforma. Por eso la Reforma tuvo varios semblantes, desde el más conservador, como el de la Iglesia anglicana, hasta el más extremista, como el de algunos grupos anabaptistas, pasando por los intermedios del luteranismo y el calvinismo.
Incluso la institución que se consideraba a sí misma como depositaria legítima del modelo original, la Iglesia Católos campos de batalla.
Pero volviendo a la pregunta decisiva, ¿ cuál era la regla determinante para saber si algo era aceptable o desechable? Muchos no titubearon en la respuesta, aunque llegaron a la misma conclusión por diferentes caminos: La Biblia era la autoridad última y el juez inapelable al cual debían someterse todas las opiniones y credos.
En la Palabra de Dios estaba el criterio infalible que trazaba la raya de separación final. Ella era el fundamento sólido sobre el cual se sustentaba la doctrina y la moral, sin importar lo que dijeran hombres o instituciones, por más prestigio que tuvieran. Por eso había esperanza para la cristiandad, porque a pesar de que la verdad había quedado sepultada bajo un edificio artificialmente creado, esa verdad podía ser claramente identificada al estar contenida en un libro. De lo que se trataba era de anunciar y predicar su contenido.
Pero hoy, 500 años después, la situación en Europa es bien distinta. Aunque persisten los protagonistas de antaño, bastantes de ellos son ya irreconocibles, al haber renegado, en teoría y de facto, de que la Biblia sea el fundamen-
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