“El primer cambiante“
Cuando miro hacia atrás y recuerdo los momentos que viví antes del Apocalipsis, solo puedo añorar aquella seguridad de nuevo, o por lo menos poder permanecer en una zona sin percibir ese hormigueo enterrándose en mis piernas, apoderándose de estas y reptando con rapidez hasta mi estómago ante la inseguridad y el peligro de estar a la vista en una zona abierta; vulnerable. —¡Alicia, viene uno!
Un grito a lo lejos me empujó fuera de mis recuerdos de manera abrupta. Mi vista se quedó en el entorno real, al que estaba atada tras varios meses, viajando a lo largo del país, cruzando fronteras, matando y perdiendo a los míos. En realidad, sí tenía que ser real... Este lugar me ofrecía la mayor tranquilidad que había sentido en varios años desde que todo comenzó, desde que cayó la primera lluvia ácida y se dio el primer informe en la radio de que los cambiantes o "criaturas no identificadas" se movilizaban por una neblina creada por aquella fuerte y letal precipitación.
—Creemos que este es muy grande. —Dijo finalmente Nathen, —¿Será el primero?
Abrí los ojos con sorpresa, sintiendo el corazón en los odios. Era enorme.
Podía medir unos tres metros y medio o cuatro; su piel escamosa y rojiza resaltando en colores neones mientras sus múltiples ojos babosos se entornaban hacia nuestra posición; no podía ver, porque casi ningún cambiante puede, pero sí podía escuchar y oler.
Sus largas orejas se movieron hacia arriba y dos largos tentáculos se arrastraron hacia adelante mientras el gran animal de cabeza ovalada se levantaba en dos de sus patas, rugiendo estridentemente, soltando baba y liquidó fosforescente hacia arriba. El grupo de soldados se dispersó entre el sonido, aprovechando para internarse en el bosque a espaldas del animal mutado, usando la seguridad para disparar a sus espaldas y evitar que usase sus tentáculos. Vi a mi compañero mientras corríamos hacia él, con la navaja en mano, sabiendo minutos después que seríamos el golpe más crítico, el último.
En lo que sus orbes oscuros se entornaban en mí y sentía esa usual punzada de culpa, enterré la daga con fuerza, rompiendo la gruesa piel que protegía los órganos principales, escuchando un alarido familiar tan pronto como se desplomó, el mismo que había escuchado años atrás.
Sí, era el primero.
Ana María Aguirre
VOLANDO CON LA IMAGINACION