Las palabras del presente
La humanidad en el genio: un caso de estudio de la relación entre la literatura y las ciencias
Sara Sofia Araque Reyes. 11
“ Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor la pierden y te culpan a ti(...) Si puedes esperar y no cansarte de la espera; o si, siendo engañado, no respondes con engaños(...) Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella y ― lo que es más ―: ¡ serás un Hombre, hijo mío!”
Rudyard Kipling( Si...) Generalmente, cuando nos referimos a las ciencias puras, es común que se nos venga a la mente la figura del nerd, a quien le gustan las matemáticas, tediosas para muchos; la programación, un lenguaje alienígena; la física, Einstein y su legado; la química; cómo se hace una coca cola; o la medicina, el doctor que salva vidas. Teniendo como elemento en común, una brillantez intelectual que puede opacar a muchos en estos campos. Sin embargo, es precisamente, en esta imagen, en que le atribuimos a estas personas una cualidad impersonal, casi como si se tratase de hacer una distinción entre ellos, las excepciones a la norma, y nosotros, los comunes, como si ellos tampoco fueran humanos. Resulta interesante esta percepción, esta ironía, donde el sensible, muchas veces forzado a una palabra tan banal como escritor o poeta, se ve envuelto en un misión incierta de exponer la verdad: las ciencias puras son interpretaciones, traducciones a nuestro lenguaje, sobre las leyes que rigen el plano terrenal.
A lo largo de la historia, autores del calibre como Julio Verne, Edgar Allan Poe, Charlotte Brönte, Fyodor Dos- toyevsky, Franz Kafka, Albert Camus, Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Virgina Wolf, etc; han explorado el sentimentalismo del individuo brillante, quien, a pesar de su intención de evacuación, no puedo sino resignarse a la imposibilidad de la sensibilidad. Este debe encontrar en sí a su humanidad, su brújula moral, entendida en otras ocasiones como su dualidad; proporcionando un equilibrio, un sentir, a su existencia. Es así, cómo es que se traza
la diferencia entre el humano sabio y el inteligente, en el reconocimiento de su necesidad por un balance interno. Todo esto se asemeja a un poema de Whitman, en el que, narrado en los ojos del sensible, se plantea como el individuo que aparenta una plenitud racional, donde todos a su alrededor lo alaban por su logro lógico, descubre que, por inclinarse tanto por lo terrenal, pierde su yo, se desentiende de su sentimentalismo, provocando su muerte:
“¡ Oh capitán! ¡ Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha terminado, La nave ha salvado todos los escollos, hemos ganado el anhelado premio, Próximo está el puerto, ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama, Siguiendo con sus miradas la poderosa nave, la audaz y soberbia nave; Más ¡ ay! ¡ Oh corazón! ¡ Mi corazón! ¡ Mi corazón! No ves las rojas gotas que caen lentamente, Allí, en el puente, donde mi capitán Yace extendido, helado y muerto.(...)”
Walt Whitman(¡ Oh capitán! ¡ Mi capitán!) De este modo, el concepto |
de intelectual en nuestra sociedad actual, resulta inadecuado |
para aquellos que, realmente, no están ni más cerca ni |
más lejos de alcanzar la sabiduría como cualquier otra persona. |
Ellos, al igual que nosotros, estamos embarcados en un búsqueda |
eterna por alcanzar nuestra completitud. En términos |
sencillos, la diferencia, entre ellos y nosotros, es |
que |
ellos |
tienen una inclinación subconsciente, así como los sensibles, en una de las dos cualidades humanas que forman su dualidad. Como resultado, a ningún individuo se le debe asignar una cualidad que sobrepase su condición puesto a que, en última instancia, todos somos miembros de una raza: la humanidad. |
|
|
Dios es el ímpetu del ser humano
Daniel Alejandro Garavito Ardila. 11B
La idea de Dios como ser supremo y universal se extendió sin discriminar fronteras a lo largo del tiempo,-como es el objetivo previsto de toda religión- a cientos de miles que este concepto su puerta tocó trajo como resultado un entender“ abstracto” o si se le quiere llamar así“ simbólico” del mismo, pues si Dios es entendido como un ser capaz de todo resulta muy tentador la idea de hacer responsable de precisamente todo, a Él, por ello humanos y civilizaciones enteras ven en el gran hacedor un descargo de responsabilidad legitimado bajo el pretexto de creación y creador, como si de un padre que asume la custodia de sus hijos se tratase, ignorando el hecho de que si se tiene en cuenta lo dictado por Él mismo en el génesis sobre“ ganar el pan del propio sudor, regresar a la tierra de la que
se fue tomado; pues del polvo se es y al polvo se vuelve” se consigue entender que el hombre yace por su propia cuenta desde que fue exiliado no más que con el cuero animal por cobijo, siendo así que todo logro posterior a este abandono es una glorificación en su nombre de un talento meramente humano en un penoso intento de recobrar el amor que le fue negado. Y es que, si se adentra en detalle con lo que el“ orar” es a“ hablar con Dios”, este desemboca en nomás que un ejercicio mayéutico en el que el individuo somete a juicio un problema y / o preocupación para hallar respuesta a través de un análisis propio cuya resolución está fundamentada en la toma de decisiones o liberación de tensiones al determinar que conviene más para sí mismo.
3