UN CAPITAN DE 15 AÑOS Un capitán de15 años | Page 93
Un Capitán de Quince Años
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Las aclamaciones subieron de tono cuando el rey abandonó su palanquín, pero el
monarca, que andaba con las piernas separadas como si el suelo se moviese,
apenas miraba a la gente.
Se paseó tambaleante por entre los lotes de esclavos, cuyos amos temieron que
el monarca tuviera el capricho de quedarse con alguno. Negoro y Alvez
acompañaban a Moini Lungga, a cuyos labios asomaban monosílabos
incomprensibles.
- ¿Deseáis algo, majestad? -le preguntó Alvez, solícito.
- ¡Tengo sed! -respondió el monarca-. ¡Quiero beber! -Puedo servirle pombe -
insinuó Alvez, sabiendo muy bien que Lungga deseaba otra cosa.
- ¡No, pombe, no! -exclamó el rey-. Quiero aguardiente de mi amigo Alvez, y por
cada gota de su agua de fuego le daré...
Negoro cortó rápido.
-¡Una gota de sangre de un blanco!
- ¡Oh, sí! -accedió el monarca-. ¡Un blanco! ¡Dar muerte a un blanco!
-Mi agente Harris -explicó Alvez- ha muerto a manos de un blanco y es preciso
que su muerte sea vengada.
-Que lo lleven al rey Massongo, de los Assuas. Ellos lo cortarán en pedazos y se
lo comerán crudo -ordenó Moini Lungga-. Ellos no han olvidado el sabor de la
carne humana.
A pesar de que la propuesta del rey satisfacía los propósitos de Negoro, éste no
quería deshacerse de su víctima.
-Ese blanco que ha matado a nuestro camarada Harris, está aquí -explicó Negoro-
, y en consecuencia, es aquí donde tiene que morir.
-De acuerdo -asintió el rey-; pero recuerda que por cada gota de sangre quiero
una gota de agua de fuego.
Con la sed del alcohol, Moini Lungga quería satisfacer también la sed de sangre,
tan imperiosa entre los salvajes.
Un gran caldero de cobre de enorme capacidad fue colocado en el centro de la
amplia plaza, y en el mismo fueron vertidos unos barriles de alcohol.
Se añadió canela, guindilla y todos cuantos ingredientes podían hacer más
irritante aquella bebida de salvajes.
Una multitud formaba círculo alrededor del rey, al que se acercó Alvez
entregándole una mecha encendida.
- ¡Prendedle fuego! -ordenó el tratante.
Moini Lungga acercó el extremo de la mecha al alcohol y unas llamas azuladas
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