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Un Capitán de Quince Años
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prisión continuó, pues, para la señora Weldon y su hijo.
Entretanto, un hecho climatológico, muy raro en aquella época del año, se produjo
en la provincia.
Aunque había pasado el período de las lluvias que termina en abril, hacia el 19 de
junio comenzaron a producirse unas precipitaciones persistentes que los
indígenas veían con extrañeza no exenta de temor.
Continuos chaparrones inundaban el territorio comprometiendo los terrenos llanos
repletos de cosecha madura, que se hallaban sumergidos por completo. Los
recursos empezaron a faltar a los habitantes de la provincia y nadie sabía cómo
hacer frente a la catástrofe. La misma reina Moina tuvo que tomar cartas en el
asunto, hasta que se acordó recurrir a los magos que poseen el privilegio de pro-
vocar o detener las lluvias y conjurar todo peligro.
Todo fue inútil a pesar de sus preciosos amuletos, de sus monótonos cantos y de
su agitar de cascabeles, como falló también el proceder de uno de los más sabios,
que arrojaba bolitas de excremento y escupía al rostro de los personajes de más
alcurnia de la corte. Los malos espíritus no quisieron ahuyentarse y las cosas iban
de mal en peor.
Entonces, la reina Moina hizo llamar a un célebre brujo que se encontraba en el
norte de Angola. Su saber era maravilloso y su brujería no se había puesto a
prueba nunca en aquella comarca.
Por la mañana, el día 25 de julio, el nuevo brujo, con un gran tintineo de
campanillas, anunció ruidosamente su llegada a Kazonndé.
El tiempo no era tan lluvioso como unos días antes, el viento empezaba a cambiar,
y aquellos síntomas de bonanza predisponían a los espíritus en favor del brujo.
Se trataba de un hombre que medía por lo menos seis pies de altura, de
complexión en extremo vigorosa, cuya presencia impuso respeto a la multitud.
El Mgannga, que iba solo, se fue directo a la chitoka ante la admiración de los
indígenas que no podían apartar su vista de aquella formidable figura.
Aquel brujo era mudo, detalle que fue observado inmediatamente por todos los
presentes. Pero aquella particularidad, sólo podía acrecentar la consideración de
que gozaba. Era un defecto que en materia de sortilegio tenía un gran valor para
los indígenas.
Ejecutando una especie de baile, el brujo dio una vuelta a la extensa plaza.,
seguido por la multitud que imitaba todos sus movimientos. Después, aquella
multitud se precipitó por la calle principal siguiendo al brujo, que encaminó sus
pasos hacia la residencia real.
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