UN CAPITAN DE 15 AÑOS Un capitán de15 años | Page 103

Un Capitán de Quince Años www.infotematica.com.ar Eran las once de la mañana cuando el primo Benedicto, que se había retirado también dentro de la choza, notó como si a su alrededor zumbara todo un universo de insectos. Escuchó atentamente y exclamó: - ¡Un hexápodo! En efecto, era un hexápodo lo que zumbaba, pues si bien el sabio no podía verlo aún, su oído, acostumbrado a percibir los menores ruidos de esta clase, no podía engañarle. Sus ojos, sin gafas, no podían distinguir al insecto, pero de pronto pudo darse cuenta de que un gran punto negro revoloteaba cerca de él. Contuvo la respiración y se quedó erguido, sin moverse. El insecto se posó sobre su cabeza y una amplia sonrisa asomó en la boca del primo Benedicto. Pasó largo rato de inútil espera, hasta que por fin el insecto fue descendiendo por su frente, para, después de dar unas cuantas vueltecitas, llegarse hasta la punta de la nariz. Los ojos del primo Benedicto, haciendo que sus rayos visuales convergiesen como dos lentes, se dirigieron hacia el insecto. - ¡La mantícora tuberculosa! -exclamó. Pero aquel grito, seguido de un estornudo, alejó al volátil que el sabio quiso coger extendiendo la mano hacia su rostro, consiguiendo sólo atrapar el extremo de su apéndice nasal. -¡Maldición! -rezongó. Como buen entomólogo, el primo Benedicto sabía que la mantícora tuberculosa no hace más que revolotear y que, más que volar, anda. Así es que se puso de rodillas hasta que en el centro de un rayo de sol descubrió el punto negro que se deslizaba con rapidez. Pretendiendo coger la mantícora, corría el riesgo de chafarla, y el primo Benedicto no hizo otra cosa que ponerse a cuatro patas con la nariz junto al suelo, andando detrás del soberbio ejemplar. La mantícora salió al exterior de la choza perseguida por el sabio, que ni se dio cuenta de que los rayos solares caían cual brasas sobre su espalda. De esta manera cruzó un gran patio, hasta que al cabo de unos minutos se encontró al pie de la empalizada que cerraba el establecimiento. Cuando la mantícora llegó junto a la empalizada, se deslizó por el amplio agujero de una topinera que se abría al pie del cercado. El primo Benedicto no vaciló, y puesto que aquel agujero tenía por lo menos dos 103