grandes ocasiones.
Grisón, cuando aún era un bebé,
había sido depositado en casa de
Flammèche. Era un huérfano, como ésos
que se confía a veces a las familias
campesinas. En Courquetaines había
varios.
Cien metros todavía. En el último
recodo del camino apareció la masa
oscura de la Chevanelle, y Grisón la
acogió con una sonrisa. Pensaba en la
sopa caliente, ¡y en que pronto llegaría
el día siguiente! Aún sonaba en sus
oídos la voz de Raclot. Habían decidido
hacer un nuevo intento. Mañana, a la
salida. Raclot había dicho: