UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 37

grandes ocasiones. Grisón, cuando aún era un bebé, había sido depositado en casa de Flammèche. Era un huérfano, como ésos que se confía a veces a las familias campesinas. En Courquetaines había varios. Cien metros todavía. En el último recodo del camino apareció la masa oscura de la Chevanelle, y Grisón la acogió con una sonrisa. Pensaba en la sopa caliente, ¡y en que pronto llegaría el día siguiente! Aún sonaba en sus oídos la voz de Raclot. Habían decidido hacer un nuevo intento. Mañana, a la salida. Raclot había dicho: