Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 391

sudor empapándole la frente y corriéndole por la espalda mientras él retiraba la mano y, respirando hondo para tranquilizarse, se agarraba con determinación. Como un hombre con vértigo, torció rígidamente la cabeza para mirar a los ácaros del polvo. Mientras se movía, la esfera de luz que llevaba al cuello se le escurrió por debajo de la chaqueta, y quedó colgando de manera que su luz se proyectó en las apretadas filas de ácaros. Esto causó un gran revuelo entre ellos, que empezaron a mover la cabeza arriba y abajo, castañeteando aún más fuerte las pinzas, como en un frenético y nervioso crescendo. Por alguna razón pensó de pronto en palillos chinos, en muchos palillos chinos gigantescos que le abrían el cuerpo y le arrancaban pedazos de él. —¡Fuera! ¡Atrás! ¡Fuera! ¡Marchaos de aquí! —gritaba por encima del hombro: las mismas palabras que solía utilizar para espantar al gato del vecino del patio trasero, allá en Highfield, aunque aquélla era una situación muy distinta. Ahora estaba a punto de ser devorado por mil ácaros gigantes. Tenía las manos empapadas en sudor y horriblemente crispadas. ¿Qué podía hacer? Seguía llevando puesta la mochila, y el peso extra no le servía de mucha ayuda. Pensó si debería quitársela, sacándosela primero con cuidado por un hombro y luego por el otro, pero le preocupaba perder su sujeción al borde superior del panel. Aparte de eso, no había ninguna otra acción que pudiera emprender, ni le quedaba ningún lugar al que trepar. Volvió a mirar hacia arriba para asegurarse de que realmente no había nada a lo que pudiera agarrarse para subir más alto. Al hacerlo, por todo el techo del templo vio un collage móvil de trozos corporales de arácnido de forma quebrada, amontonados, innumerables sombras de patas que se solapaban, proyectadas allí por la parpadeante luz del fuego del altar. Se encontraban ya muy cerca. Aquélla era la materia de la que están hechas las pesadillas. —¡Cristo bendito! —exclamó desesperado. Sintió que su mano izquierda empezaba a escurrirse del borde a medida que el polvo depositado encima absorbía el sudor y se convertía en una pasta resbaladiza. Deslizó los dedos hasta encontrar una nueva posición, intentando al mismo tiempo levantarse un poco. Algo empezó a ocurrir: algo que retumbaba, estremeciendo todo su cuerpo. «¡Cristo bendito, Cristo bendito, Cristo bendito!» Miró rápidamente a su alrededor, a un lado y otro, con la esfera de luz