Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 381

39 Se puso en pie tambaleándose. Abría y cerraba los ojos de sorpresa. Estaba hechizado por lo poco que había visto de cuanto lo rodeaba, y su insaciable sed de conocimiento dejaba a un lado todo lo demás. En aquel instante, el hipo parecía haber desaparecido y el doctor Burrows, el intrépido explorador, volvía a la carga. Ya ni se acordaba del terror que le había producido la bestia desconocida, ni de las prisas locas por huir de ella. —¡Bingo! —gritó. Se había topado con una especie de edificio, según parecía tallado en la peña de la propia caverna. Si iba buscando la evidencia de una antigua raza, estaba claro que la había encontrado. Avanzó, descubriendo con la luz de su esfera una fila tras otra de asientos de piedra, muchos de ellos rotos por los trozos desprendidos del techo. Se dirigía hacia la parte frontal, adonde miraban los asientos, cuando se le ocurrió levantar la vista. El techo, que estaba a gran altura, era liso y en general estaba intacto, salvo por algunos trozos que se habían desplomado. Al dirigir hacia allí la luz, le llamó mucho la atención algo que parecía devolverle el resplandor que él proyectaba. —¡Extraordinario! —exclamó levantando más la esfera. Su haz de luz cubría apenas la distancia hasta un círculo cuyo intenso brillo habían apagado los años, y que tenía al menos veinte metros de diámetro. —Más alto Tengo que llegar más alto —se dijo subiéndose al más cercano de los bancos de piedra. Seguía sin ser suficiente, de forma que se subió al respaldo. Al mover la luz lentamente, balanceándose algo sobre el estrecho respaldo del banco, el dibujo se hizo más claro. El círculo era de color oro viejo o bronce, y podía haber sido aplicado con alguna técnica de dorado, o tal vez incluso pintado. El doctor Burrows hablaba en voz alta mientras lo examinaba: —Resulta que eres un círculo vacío con… con… ¿qué es eso que tienes en el medio? Parece como… —dijo arrugando los ojos y subiendo la esfera hacia el cielo cuanto le permitía el brazo, hasta que la sujetó con sólo las yemas de los dedos. En el centro exacto del círculo, en el mismo material dorado, había un disco