Travesia2026 - versión final | Page 26

Terminé en el Hospital de Sangre, en Piribebuy, junto con otras mujeres que vinieron conmigo. Es imposible acostumbrarse a la cantidad de muertos que veo todos los días: los enfermos, heridos y amputados; entre sus caras demacradas y quemadas, busco si alguna podría ser la tuya. Después de tanto tiempo desaparecido, casi preferiría encontrarte enfermo antes que muerto, porque ya dudo si te veré vivo. Volver a verte es lo único que me despierta de esta existencia infernal, donde mi ropa ya huele solo a sangre y piel quemada, en vez del jabón y el sol del patio donde la tendíamos. Sin embargo, mis manos siguen igual de curtidas.
Agosto 8, 1869
Querido Miguel,
Hoy realicé mi primera amputación. No creo que pueda olvidarla. Vino un soldado de las fuerzas aliadas, ni siquiera un compatriota de sangre, pero lo recibimos como a cualquiera. Su pierna derecha estaba gangrenada, después de días en la trinchera y de dos balas en el muslo. Ya se nos acabó la caña; no teníamos ninguna manera de entumecer el dolor de cortar por hueso y por piel, y el soldado lo sabía; me miraba con ojos vacíos y vidriados. Todos tienen la misma mirada vacía; no hablan, sólo emiten gemidos de dolor y angustia. Me pregunto si también vendrás con esa mirada. A veces temo reconocerla. No sé si eso podrá curarse. Traté de no mirarle a los ojos mientras cortaba. Me sentí como el enemigo, aserrando con todas mis fuerzas mientras él se retorcía de dolor. No sobrevivió la noche
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