Tom Sawyer
www.librosmaravillosos.com
Mark Twain
darle motivo de decir algo a Becky; pero el atolondrado rapaz no vio el cebo. Tom
siguió en acecho, lleno de esperanza cada vez que una falda revoloteaba a lo lejos,
y odiando a su propietaria cuando veía que no era la que esperaba. Al fin cesaron
de aparecer faldas, y cayó en desconsolada murria. Entró en la escuela vacía y se
sentó a sufrir. Una falda más penetró por la puerta del patio, y el corazón le pegó
un salto. Un instante después estaba Tom fuera y lanzado a la palestra como un
indio bravo: rugiendo, riéndose, persiguiendo a los chicos, saltando la valla a riesgo
de perniquebrarse, dando volteretas, quedándose en equilibrio con la cabeza en el
suelo, y en suma, haciendo todas las heroicidades que podía concebir, y sin dejar ni
un momento, disimuladamente, de observar si Becky le veía. Pero no parecía que
ella se diese cuenta; no miró ni una sola vez. ¿Era posible que no hubiera notado
que estaba él allí? Trasladó el campo de sus hazañas a la inmediata vecindad de la
niña: llegó lanzando el grito de guerra de los indios, arrebató a un chico la gorra y
la tiró al tejado de la escuela, atropelló por entre un grupo de muchachos,
tumbándolos cada uno por su lado, se dejó caer de bruces delante de Becky, casi
haciéndola vacilar. Y ella volvió la espalda, con la nariz respingada, y Tom le oyó
decir: « ¡Puff Algunos se tienen por muy graciosos... ¡siempre presumiendo!» Sintió
Tom que le ardían las mejillas. Se puso en pie y se escurrió fuera, abochornado y
abatido.
87
Preparado por Patricio Barros