Tom Sawyer
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Mark Twain
gran hombre y excitar la envidia de la escuela. Música celestial hubiera sido para
sus oídos escuchar los comentarios.
-¡Mírale, Jim! Se va arriba con ellos. ¡Mira, mira!, va a darle la mano. ¡Ya se la da!
¡Lo que darías tú por ser Jeff! Mister Walters se puso «a presumir» con toda suerte
de bullicios y actividades oficialescas, dando órdenes, emitiendo juicios y disparando
instrucciones aquí y allá y hacia todas partes donde podía encontrar un blanco. El
bibliotecario «presumió» corriendo de acá para allá con brazadas de libros, y con
toda la barahúnda y aspavientos en que se deleita la autoridadinsecto. Las señoritas
instructoras «presumieron» inclinándose melosamente sobre escolares a los que
acababan de tirar de las orejas, levantando deditos amenazadores delante de los
muchachos malos y dando amorosas palmaditas a los buenos. Los caballeretes
instructores «presumían» prodigando regañinas y otras pequeñas muestras de
incansable celo por la disciplina, y unos y otros tenían grandes quehaceres en la
librería, que los obligaban a ir y venir incesantemente y, al parecer, con gran agobio
y molestia. Las niñas «presumían» de mil distintos modos, y los chicuelos
«presumían» con tal diligencia que los proyectiles de papel y rumor de reyertas
llenaban el aire. Y cerniéndose sobre todo ello, el grande hombre seguía sentado,
irradiaba una majestuosa sonrisa judicial sobre toda la concurrencia y se calentaba
al sol de su propia grandeza, pues estaba «presumiendo» también. Sólo una cosa
faltaba para hacer el gozo de mister Walters completo, y era la ocasión de dar el
premio de la Biblia y exhibir un fenómeno. Algunos escolares tenían vales amarillos,
pero ninguno tenía los necesarios: ya había él investigado entre las estrellas de
mayor magnitud. Hubiera dado todo lo del mundo, en aquel momento, porque le
hubieran restituido, con la mente recompuesta, aquel muchacho alemán.
Y entonces, cuando había muerto toda esperanza, Tom Sawyer se adelantó con
nueve vales amarillos, nueve vales rojos y diez azules, y solicitó una Biblia. Fue un
rayo cayendo de un cielo despejado. Walters no esperaba una petición semejante,
de tal persona, en los próximos diez años. Pero no había que darle vueltas: allí
estaban los vales y eran moneda legal. Tom fue elevado en el acto al sitio que
ocupaban el juez y los demás elegidos, y la gran noticia fue proclamada desde el
estrado. Era la más pasmosa sorpresa de la década; y tan honda sensación produjo,
que levantó al héroe nuevo hasta la altura misma del héroe judicial.
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Preparado por Patricio Barros