Se me vio venir unas tardes con la paciencia en todos los rincones,
y un calambre en el ojo rompió el tiempo,
hasta remedé los gestos de los hombres apurados,
se me escapó una palabra seca hundida entre la sonrisa de mis manos
y la gloria detenida que flameaba al resucitar la costumbre.
El silencio se acaba y las pampas caen en desesperación,
juegan de niños a ser adultos,
se encaminan por unas avenidas de costado.
Se escucha en el viento una silueta del atardecer,
apenas estamos a la mitad del transcurso,
en la cima de la nube.
Hace cuánto que apresuramos los encuentros,
los dibujamos en esperas,
en ese silencio hospedado en los tropiezos ahogados.
Se acerca la sombra de la tierra apenas abrigada
y los perros anuncian los regaños envueltos hacia el vientre;
de pronto unos ojos se abrazan,
porque era un juego que te la habías creído
y el hígado no mentía sus arrugas.
Cada paso que asomó en las grietas prendidas del tiempo,
un accidente que desordenó sus conceptos,
y sus palabras cortas son poesías tejidas con el roce del viento entre la tierra.
Dios debe odiarse en estos instantes de ser Dios y no ser Poeta,
y se pregunta en su ajetreo;
¿A dónde van estos?,
Con las manos despistadas corremos tras el primer polvo que nos vio
y gritamos: estamos yendo a visitar al tío Lucifer,
y la montaña se opaca
y la frente arrugada destierra sus ojos hacia los suyos,
entre las pequeñas voces que dijimos;
que se invente otro cuento,
a ver si esta vez escribe un tercer testamento.