Que salte el trigo que no fue lanzado entre la cebada y el sol,
demorando en las alturas sin sombra, tratando de echar raíces al cielo.
Quedan las palas descansando con la boca llena en las espaldas
de alguna mirada que la acompaña y se ruboriza al no tener la vista distraí-
da.
Cruje el himno de los tucos en los silencios desesperados,
hablan a solas, ensayan gestos,
una voz escapa resguardada en algún solitario camino;
acompa ñan unos sentidos que solo siguen la extrañeza de sus pasos,
se le asoma un instante,
escucha sus silencios y se divide la inquietud,
extasiándose en una profunda concentración que desconcierta a los suyos,
riegan preocupaciones que les hace ser hombres de poca distancia en sus
cojeras de sueño.
Les tengo envidia en estas horas, en las espaldas de la luz,
en los desiertos confusos donde alguna vez hubo una puerta con todas sus
dimensiones
que enfrentaban a la memoria olvidada de los traumas de la existencia.
Muerde un murmullo a las afueras de la razón
y se funde en los destellos que nacieron en los roces de las pequeñas pausas
con alas largas desde la raíz.
Qué serán capaces de inventar las soledades reunidas,
de qué mundos charlarán,
trato de escuchar algunas espumas que estuvieron más presentes
y quisieron formar planetas.
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