no me pesa tanto la soledad. Pero hasta aquí mis únicas compañías eran la ?señora Maruja? y la tele. El segundo lunes en el apartamento de la Aguada, Nieves había querido saber de Camila, de Raquel y las razones de la separación. Raquel siempre le había caído bien. ?Ves, ahora vos también estás solo. Y sin tu hija. Es seguro que las dos te echan de menos. ?Puede ser. Es cierto que echo de menos a Camila. Javier recorrió con la mirada la prolijidad del apartamento. Los ruidos de la calle entraban insolentes por la ventana que, pese al frío, estaba entreabierta. ?A ver, Nieves, confesate conmigo. ¿Por qué no te volviste a casar? La risa de la madre apagó por un instante los ruidos externos. ?Entre otras razones, porque nadie me lo propuso. ?¿Pero nunca apareció algún tipo que te gustara? ?Una sola vez. Pero no me hacía caso. ?¿Lo conozco? Entre las muchas y consolidadas arrugas, Javier detectó un amago de sonrojo adolescente. ?Claro que lo conocés. Tu famoso maestro don Ángelo. Javier quedó mudo. De pronto se le representó con toda nitidez una lejana fiesta escolar de fin de año. ?Después que te fuiste, nos vimos dos veces, en reuniones casuales. En la primera, hasta llegué a sonreírle, pero fue evidente que mi sonrisa había perdido su poder de seducción. En la segunda vez le brillaron los ojos, pero nada más. ?Siempre fue muy tímido. ?Puede ser. Después se murió. O sea, que me libré de quedar otra vez viuda. Tal vez fue una lástima. ¿Sabés? Tengo la impresión de que si yo lo hubiese cuidado, no se habría muerto. Yo creo que murió de soledad. La soledad, Javier, es un tumor maligno.
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