Test Jun. 2012 | Seite 89

22 Desde su regreso iba todos los lunes a ver a su madre. Nieves ya había cumplido setenta y siete, pero todavía se la veía fuerte y lúcida. El primero de esos lunes, cuando lo vio llegar, antes de besarlo y abrazarlo, lo tocó, lo palpó, le acarició la cara como si todavía fuera un niño o quizá para verificar que por fin estaba allí, que su vuelta era verdad. Durante los años de exilio él le había escrito con frecuencia cartas largas, muy detalladas, contándole sus viajes, sus traslados, sus cambios de trabajo, en general las buenas noticias (cuando las había), nunca las malas. Vivía sola, desde hacía siete años, en un apartamento sobre Agraciada, en la parte que ahora se llama Avenida Libertador Brigadier General Lavalleja. Sola, a pesar de haber parido tres veces. Javier se había ido, obligado, por razones obvias que ella comprendía, pero Gustavo y Fernanda porque así lo habían querido. Uno y otra habían construido muy lejos una nueva vida: Gustavo había empezado como cónsul en Tegucigalpa y había terminado como gerente en un supermercado de California; Fernanda había obtenido, mientras le duró la beca, un PhD en Chappel Hill y ahora enseñaba español en otra Universidad. Ambos solían escribirle para su cumpleaños y para Navidad, pero en los últimos tiempos sólo le enviaban postales, con los más comunes de los lugares comunes y sin la menor noticia de cómo se sentían en sus respectivos trabajos, qué tal les iba a los chicos en los estudios. Gustavo, que se había casado con una canadiense, tenía dos hijos, ambos varones, y Fernanda, que a poco de llegar se había casado con un italoamericano y casi inmediatamente divorciado, luego se había simplemente juntado con un mexicano, ex espalda mojada pero ahora próspero taxista, que le había dado dos hijos: un varón y una niña. En los primeros años, Nieves les escribía todos los meses, pero 96 Pocket Andamios.p65 96 31/5/00, 13:56