legible: H. Anglada Camarasa. Desde la primera vez que había visto en Puerto Pollensa un cuadro de este pintor (nacido en Barcelona, 1871, pero residente por 33 años en Mallorca), me convertí en un fiel adicto a su pintura, de modo que conocía bien su estilo y sus modalidades, bastante cercanas por cierto a Blanes Viale. Para no despertar las sospechas del desenterado propietario, adquirí aquel Anglada junto con dos porquerías, que abandoné tres cuadras más adelante en un contenedor de basura. El precio del paisaje era irrisorio. Una vez en el hotel, le quité el marco, con bastantes dificultades pude enrollar la tela y finalmente la metí en un tubo. No volé directamente a Madrid sino a Palma de Mallorca, que es donde más valoran las obras de Anglada. Tengo allí varios amigos (incluido un compatriota), que están bien relacionados con el mundo del arte. A todos les sorprendió el hallazgo. Al parecer era un cuadro al que se le había perdido la pista. En 24 horas consiguieron un comprador, y, previo el pago de comisión al intermediario, pude embolsarme el equivalente a casi 20 mil dólares. Ése fue el comienzo. De a poco me fui convirtiendo en un especialista en Anglada Camarasa (en Palma hay un museo estupendo con buena parte de su obra) y tan buen resultado me dio ese filón, que poco tiempo después, y aunque Raquel me repetía hasta el cansancio que era una locura, dejé mi empleo y me dediqué con ahínco a la pesquisa de sus obras. Mi campo de operaciones siguió siendo Roma, aunque luego lo amplié a Nápoles, Salerno y hasta a Palermo. Siempre con Anglada. Fui vendiendo los cuadros no sólo en Mallorca sino también en Barcelona y Madrid. En Florencia hallé asimismo (y eso sí fue una sorpresa) un Blanes Viale, pero ése no lo vendí en Mallorca sino que lo traje conmigo a Montevideo y aquí encontré un barraquero interesado. Por desgracia, nunca encontré un Klimt polvoriento e ignorado, pero reconozco que mi afición por Anglada me proporcionó un buen capital. Pude hacer algunas seguras y rendidoras inversiones. Ahí nomás organicé el despegue. Raquel y yo tuvimos una ardua e interminable confrontación. No
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