25 Por lo general, iba al Centro los viernes, atendía el videoclub los fines de semana para ayudar a los muchachos ya que era cuando más clientes acudían, y de paso aprovechaba para quedarse en el apartamento de Rocío. Los lunes volvía a casa y era recibido gozosamente por Bribón, que, aunque se llevaba bien con los vecinos (entre otras cosas, porque le daban de comer cuando él no estaba), tenía muy claro que su amo, su sostén, su refugio y su amigo era Javier. Después de los primeros estupores y descubrimientos, la relación con Rocío se había normalizado. La verdad es que Javier no servía para estar sin mujer. Siempre había sentido, alternativamente, la necesidad de la soledad y la necesidad de la mujer, dos requerimientos que casi siempre se habían cruzado en su vida, provocándole más de un desconcierto. Ahora, sin embargo, la situación era inmejorable. De lunes a jueves disfrutaba de su soledad, y el viernes, cuando empezaba a añorar a la mujer, no a cualquier mujer sino a Rocío, se encontraba con ella, en tanto que el lunes, cuando comenzaba a echar de menos su soledad, regresaba a su casa, para compartir su retiro con Bribón. Un vaivén perfecto. Lo cierto es que se sentía cómodo con Rocío. Le gustaba su cuerpo, su forma cálida, tierna de hacer el amor, sin alaridos de placer pero agradeciendo y proporcionando el goce. Le gustaba el carácter de Rocío: cómo sabía administrar el silencio de Javier y su propio silencio. Le gustaba que tuvieran una historia compartida; sentirla cerca y oírla moverse en la cocina, mientras preparaba alguno de los platos que a él le encantaban. Los sábados de noche solían ir al cine o al teatro, de modo que su relación iba de a poco siendo conocida y admitida por los amigos de siempre.
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