Test Drive | Page 97

Delicioso fue para mí ese instante de reposo. No nos falta-ba más que el placer de la conversación, en la imposibilidad de hablar o de responder. Acerqué mi gruesa cabeza de co-bre a la de Conseil y vi cómo sus ojos brillaban de contento y cómo, en señal de satisfacción, se agitaba en su escafandra del modo más cómico del mundo. Me sorprendió no tener hambre tras cuatro horas de mar-cha, sin que pudiera explicarme la razón de ello. Pero, en cambio, sentía unos invencibles deseos de dormir, como ocu-rre a todos los buzos. Mis ojos se cerraron tras los espesos cristales y pronto me sumí en una profunda somnolencia que sólo el movimiento de la marcha había podido contener hasta entonces. El capitán Nemo y su robusto compañero, tendidos en aquel lecho cristalino, dormían ya. No puedo decir cuánto tiempo permanecí así sumido en el sueño, pero me pareció observar al despertarme que el sol declinaba ya en el horizonte. El capitán Nemo se había le-vantado ya y estaba yo desperezando mis miembros cuando una inesperada aparicion me puso bruscamente en pie. A unos pasos, una monstruosa araña de mar, de un metro de altura, me miraba con sus extraños ojos, dispuesta a lanzar-se sobre mí. Aunque mi traje de inmersión fuese suficiente-mente grueso para protegerme del ataque de ese animal no pude contener un gesto de horror. Conseil y el marinero del Nautilus se despertaron en ese momento. El capitán Nemo mostró el horrible crustáceo a su compañero, quien le asestó al instante un fuerte culatazo. Vi como las horribles patas del monstruo se retorcían en terribles convulsiones. Ese encuentro me hizo pensar que aquellos fondos oscu-ros debían estar habitados por otros animales más temibles, de cuyos ataques no podría protegerme la escafandra. No había pensado en ello hasta entonces y decidí mantenerme alerta. Suponía yo que ese alto marcaba el término de nuestra ex-pedición, pero me equivocaba, y, en vez de retornar al Nauti-lus, el capitán Nemo continuó la audaz excursión. El suelo continuaba deprimiéndose, y su pendiente, cada vez más acusada, nos condujo a mayores profundidades. Se-rían aproximadamente las tres cuando llegamos a un estre-cho valle encajado entre altas paredes cortadas a pico y si-tuado a unos ciento cincuenta metros de profundidad. Gracias a la perfección de nuestros aparatos, habíamos sobrepasado así en noventa metros el límite que la naturale-za parecía haber impuesto hasta entonces a las incursiones submarinas del hombre. He dicho ciento cincuenta metros, aunque careciésemos de todo instrumento para evaluar la profundidad, por saber que, incluso en los mares más límpidos, los rayos solares no podían penetrar más allá[L12] . Y, precisamente, la oscuridad se había hecho muy densa. Nada era ya visible a diez pasos de distancia. Andaba, pues, a tientas, cuando súbitamente vi brillar una luz muy viva. El capitán Nemo acababa de poner en acción su aparato eléctrico. Su compañero le imitó y Conseil y yo seguimos su ejemplo. Girando un tornillo, establecí la