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cincuenta toneladas con se-tenta y dos centésimas, y se les llena de agua, el barco pesará o desplazará entonces mil quinientas siete toneladas y se ha-llará en inmersión completa. Y esto es lo que ocurre, señor profesor. Estos depósitos están instalados en la parte infe-rior del Nautílus, y al abrir las llaves se llenan y el barco que-da a flor de agua. Bien, capitán, pero aquí llegamos a la verdadera dificul-tad. Que su barco pueda quedarse a flor de agua, lo com-prendo. Pero, más abajo, al sumergirse más, ¿no se encuen-tra su aparato submarino con una presión que le comunique un impulso de abajo arriba, evaluada en una atmósfera por treinta pies de agua, o sea, cerca de un kilogramo por centí-metro cuadrado? Así es, en efecto. Luego, a menos que no llene por completo el Nautilus, no veo cómo puede conseguir llevarlo a las profundidades. Señor profesor, respondió el capitán Nemo, no hay que confundir la estática con la dinámica, si no quiere uno expo-nerse a errores graves. Cuesta muy poco alcanzar las bajas regiones del océano, pues los cuerpos tienen tendencia a la profundidad. Siga usted mi razonamiento. Le escucho, capitán. -Cuando me planteé el problema de determinar el au-mento de peso que había que dar al Nautilus para sumergir-lo, no tuve que preocuparme más que de la reducción de vo-lumen que sufre el agua del mar a medida que sus capas van haciéndose más profundas. Es evidente. Ahora bien, si es cierto que el agua no es absolutamente incompresible, no lo es menos que es muy poco compresi-ble. En efecto, según los cálculos más recientes, esta compre-sión no es más que de cuatrocientas treinta y seis diezmillo-nésimas por atmósfera, o lo que es lo mismo, por cada treinta pies de profundidad. Si quiero descender a mil me-tros, tendré que tener en cuenta la reducción del volumen bajo una presión equivalente a la de una columna de agua de mil metros, es decir, bajo una presión de cien atmósferas. Dicha reducción será en ese caso de cuatrocientas treinta y seis cienmilésimas. Consecuentemente, deberé aumentar el peso hasta mil quinientas trece toneladas y setenta y siete centésimas, en lugar de mil quinientas siete toneladas y dos décimas. El aumento no será, pues, más que de seis tonela-das y cincuenta y siete centésimas. ¿Tan sólo? Tan sólo, señor Aronnax, y el cálculo es fácilmente veri-ficable. Ahora bien, dispongo de depósitos suplementarios capaces de embarcar cien toneladas. Puedo así descender a profundidades considerables. Cuando quiero subir y aflorar a la superficie, me basta expulsar ese agua, y vaciar entera-mente todos los depósitos si deseo que el Nautilus emerja en su décima parte sobre la superficie del agua.