En este momento el capitán Nemo abrió una puerta situa-da frente a la que me había abierto
paso a la biblioteca, y por ella entré a un salón inmenso y espléndidamente iluminado.
Era un amplio cuadrilátero (diez metros de longitud, seis de anchura y cinco de altura) en el
que las intersecciones de las paredes estaban recubiertas por paneles. Un techo lumi-noso,
decorado con ligeros arabescos, distribuía una luz cla-ra y suave sobre las maravillas
acumuladas en aquel museo. Pues de un museo se trataba realmente. Una mano inteligen-te
y pródiga había reunido en él tesoros de la naturaleza y del arte, con ese artístico desorden
que distingue al estudio de un pintor.
Una treintena de cuadros de grandes maestros, en marcos uniformes, separados por
resplandecientes panoplias, orna-ban las paredes cubiertas por tapices con dibujos severos.
Pude ver allí telas valiosísimas, que en su mayor parte ha-bía admirado en las colecciones
particulares de Europa y en las exposiciones. Las diferentes escuelas de los maestros
an-tiguos estaban representadas por una madona de Rafael, una virgen de Leonardo da
Vinci, una ninfa del Correggio, una mujer de Tiziano, una adoración de Veronese, una
asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un fraile de Velázquez, un mártir de Ribera,
una fiesta de Rubens, dos pai-sajes flamencos deteniers, tres peq V\;