Test Drive | Page 35

Nuestra situación era terrible. Tal vez no se hubiera dado cuenta nadie de nuestra desaparición, y aunque no hubiera pasado inadvertida, la fragata, privada de gobierno, no po-dría venir en busca nuestra. únicamente podíamos contar con sus botes. Partiendo de esta hipótesis, Conseil razonó fríamente e hizo un plan consecuente. ¡Qué extraordinaria naturaleza la de este flemático muchacho, que se sentía allí como en su casa! Dado que nuestra única posibilidad de salvación era la de ser recogidos por los botes del Abraham Lincoln, se decidió que debíamos organizarnos de suerte que pudiéramos espe-rarlos el mayor tiempo posible. Yo resolví entonces que divi-diéramos nuestras fuerzas a fin de no agotarlas simultánea-mente, y así convinimos que uno de nosotros se mantendría inmóvil, tendido de espaldas, con los brazos cruzados y las piernas extendidas, mientras el otro nadaría impulsándolo hacia adelante. Esta tarea de remolcador no debía prolon-garse más de diez minutos, y relevándonos así podríamos nadar durante varias horas y mantenernos incluso hasta el alba. Débil posibilidad, pero ¡la esperanza está tan fuertemente enraizada en el corazón del hombre! Además, éramos dos. Y, por último, puedo afirmar, por improbable que esto parez-ca, que aunque tratara de destruir en mí toda ilusión, aun-que me esforzara por desesperar, no podía conseguirlo. La colisión de la fragata y del cetáceo se había producido hacia las once de la noche. Calculé, pues, que debíamos na-dar durante unas ocho horas hasta la salida del sol. Opera-ción rigurosamente practicable con nuestro sistema de rele-vos. El mar, bastante bonancible, nos fatigaba poco. A veces trataba yo de penetrar con la mirada las espesas tinieblas que tan sólo rompía la fosforescencia provocada por nues-tros movimientos. Miraba esas ondas luminosas que se des-hacían en mis manos y cuya capa espejeante formaba como una película de tonalidades lívidas. Se hubiera dicho que es-tábamos sumergidos en un baño de mercurio. Hacia la una de la mañana me sentía ya totalmente exte-nuado, con los miembros rígidos por el efecto de unos vio-lentos calambres. Conseil tuvo que sostenerme, y a partir de ese momento nuestra conservación pesó exclusivamente so-bre él. Pronto oí jadear al pobre muchacho. Su respiración se tornó corta y rápida, y eso me hizo comprender que no po-dría resistir ya mucho más tiempo. ¡Déjame! ¡Déjame! le dije. ¡Abandonar al señor! ¡Nunca! Antes me ahogaré yo. Me ahogaré antes que él. La luna apareció en aquel momento, entre los bordes de una espesa nube que el viento impelía hacia el Este. La su-perficie del mar rieló bajo sus rayos. La bienhechora luz rea-nimó nuestras fuerzas. Pude levantar la cabeza y escrutar el horizonte. Vi la fragata, a unas cinco millas de nosotros, como una masa oscura, apenas reconocible. Pero no había ni un bote a la vista.