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Me dirigí al capitán, y le dije, con el tono desenfadado que usaría un aficionado ante el cristal de un acuario. Una curiosa colección de pulpos. En efecto, señor naturalista me respondió , y vamos a combatirlos cuerpo a cuerpo. Creí no haber oído bien y miré al capitán. ¿Cuerpo a cuerpo? Sí, señor. La hélice está parada. Creo que las mandíbulas córneas de uno de estos calamares han debido bloquear las aspas, y esto es lo que nos impide la marcha. ¿Y qué va usted a hacer? Subir a la superficie y acabar con ellos. Empresa difícil. Sí. Las balas eléctricas son impotentes contra sus carnes blandas, en las que no hallan suficiente resistencia para esta-llar. Pero los atacaremos a hachazos. Y a arponazos, señor dijo el canadiense , si no rehúsa usted mi ayuda. La acepto, señor Land. Les acompañaremos central. dije, y siguiendo al capitán Nemo nos dirigimos a la escalera Allí se hallaba ya una decena de hombres armados con hachas de abordaje y dispuestos al ataque. Conseil y yo to-mamos dos hachas y Ned Land un arpón. El Nautilus estaba ya en la superficie. Uno de los marinos, situado en uno de los últimos escalones, desatornillaba los pernos de la escotilla. Pero apenas había acabado la opera-ción cuando la escotilla se elevó con gran violencia, eviden-temente «succionada» por las ventosas de los tentáculos de un pulpo. Inmediatamente, uno de estos largos tentáculos se introdujo como una serpiente por la abertura mientras otros veinte se agitaban por encima. De un hachazo, el capi-tán Nemo cortó el formidable tentáculo, que cayó por los peldaños retorciéndose. En el momento en que nos oprimíamos unos contra otros para subir a la plataforma, otros dos tentáculos cayeron so-bre el marino colocado ante el capitán Nemo y se lo llevaron con una violencia irresistible. El capitán Nemo lanzó un gri-to y se lanzó hacia afuera, seguido de todos nosotros.