Nuestras redes recogieron magníficos espécimenes de al-gas en aquellos parajes, y en
particular un cierto fuco cuyas raíces estaban cargadas de mejillones, que son los mejores
del mundo. Ocas y patos se abatieron por docenas sobre la plataforma y pasaron a ocupar
su sitio en la despensa de a bordo.
Entre los peces me llamaron particularmente la atención unos óseos pertenecientes al
género de los gobios, y otros del mismo género, de dos decímetros de largo, sembrados de
motas blancuzcas y amarillas. Admiré también numero-sas medusas, y las más bellas del
género, por cierto, las cri-saoras, propias de las aguas que bañan las Malvinas. Unas veces
parecían sombrillas semiesféricas muy lisas, surcadas por líneas de un rojo oscuro y
terminadas en doce festones regulares, y otras, parecían canastillos invertidos de los que se
escapaban graciosamente anchas hojas y largas ramitas rojas. Nadaban agitando sus cuatro
brazos foliáceos, y deja-ban flotar a la deriva sus opulentas cabelleras de tentáculos. Me
hubiera gustado conservar alguna muestra de estos delicados zoófitos, pero no son más que
nubes sombras, apa-riencias, que se funden y se evaporan fuera de su elemento natal.
Cuando las últimas cumbres de las Malvinas desaparecie-ron en el horizonte, el Nautilus se
sumergió a unos veinte o veinticinco metros de profundidad y conti