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Si es que está de humor para escucharle, señor Land convicción. Que pueda yo acercarme a cuatro largos de arpón si se siente obligado a escu-charme. Para acercarse a él su disposición. dijo el comandante dije con un tono de escasa re-plicó el canadiense y verá usted supongo que tendré que poner una ballenera a Claro está. Lo que significará poner en juego la vida de mis hom-bres. Y la mía respondió el arponero, con la mayor simplici-dad. Hacia las dos de la mañana reapareció con no menor in-tensidad el foco luminoso, a unas cinco millas a barlovento del Abraham Lincoln. A pesar de la distancia y de los rui-dos del viento y del mar, se oían claramente los formidables coletazos del animal y hasta su jadeante y poderosa respira-ción. Se diría que en el momento en que el enorme narval as-cendía a la superficie del océano para respirar, el aire se pre-cipitaba en sus pulmones como el vapor en los vastos cilindros de una máquina de dos mil caballos. «¡Hum!, una ballena con la fuerza de un regimiento de ca-ballería sería ya una señora ballena», pensé. Permanecimos alertas hasta el alba. Se iniciaron los pre-parativos de combate. Se dispusieron los aparejos de pesca a lo largo de las bordas. El segundo de a bordo hizo cargar las piezas que lanzan un arpón a una distancia de una milla y las que disparan balas explosivas cuyas heridas son morta-les hasta para los más poderosos animales. Ned Land se ha-bía limitado a aguzar su arpón, que en sus manos se conver-tia en un arma terrible. A las seis comenzó a despuntar el día, y con las primeras luces del alba desapareció el resplandor eléctrico del narval. A las siete era ya de día, pero una bruma matinal muy espe-sa, impenetrable para los mejores catalejos, limitaba consi-derablemente el horizonte, ante la cólera y la decepción de todos. Subí hasta la cofa de mesana. Algunos oficiales estaban ya encaramados en lo alto de los mástiles. De repente, y al igual que en la víspera, se oyó la voz de Ned Land: ¡La cosa en cuestión por babor, atrás! Todas las miradas convergieron en la dirección indicada. A una milla y media de la fragata, un largo cuerpo negruzco emergía de las aguas en un metro, aproximadamente. Su cola, violentamente agitada, producía un considerable re-molino. Jamás aparato caudal alguno