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Convenido esto, me fui a buscar a Ned Land, al que desea-ba llevar conmigo. Pero el obstinado canadiense rehusó. Pude darme cuenta de que su mal humor y su taciturnidad aumentaban de día en día. Pero, después de todo, no sentí excesivamente su obstinación en esa circunstancia, al consi-derar que había demasiadas focas en tierra y que más valía no someter al empedernido pescador a esa tentación. Tras desayunar, me dirigí a tierra, con el capitán Nemo, dos hombres de la tripulación y los instrumentos, es decir, un cronómetro, un anteojo y un barómetro. El Nautilus se había desplazado unas cuantas millas durante la noche. Se hallaba a algo más de una legua de la costa en la que se eleva-ba un pico muy agudo de unos cuatrocientos a quinientos metros de altura. Durante la breve travesía, vi numerosas ballenas de las tres especies propias de los mares australes: la ballena franca o right whale de los ingleses, que no tiene aleta dorsal; la hump back, balenóptero de vientre arrugado y de grandes aletas blancuzcas que, pese a su nombre, no forman alas, y, por último, la fin back, de un marrón amarillento, el más vi-vaz de los cetáceos. Este poderoso animal se hace oír desde muy lejos cuando proyecta a gran altura sus columnas de aire y de vapor que semejan torbellinos de humo. Todos es-tos mamíferos evolucionaban en grupos por las aguas tran-quilas. Era bien visible que esa zona del Polo antártico servía de refugio a los cetáceos acosados con exceso por la persecu-ción de los cazadores. Vi también unas largas cadenas blancuzcas de salpas, especies de moluscos agregados, y medusas de gran tamaño que se balanceaban entre los vaivenes de las olas. A las nueve, pusimos pie en tierra. El cielo se aclaraba. Las nubes huían hacia el Sur y la bruma abandonaba la superfi-cie fría de las aguas. El capitán Nemo se dirigió hacia el pico que sin duda había elegido como observatorio. La ascensión fue penosa, sobre lavas agudas y piedra pómez y en medio de una atmósfera a menudo saturada por las emanaciones sulfurosas de las fumarolas. Para un hombre desacostum-brado a pisar la tierra, el capitán escalaba las rampas más es-carpadas con una agilidad y una elasticidad que yo no podía igualar y que hubiese envidiado un cazador de gamos. Nece-sitamos dos horas para alcanzar la cima del pico de pórfido y de basalto. Desde allí, la vista dominaba un vasto mar que, hacia el Norte, trazaba claramente su línea terminal sobre el fondo del cielo. A nuestros pies, campos deslumbrantes de blancura. Sobre nosotros, un pálido azul, despejado de bru-mas. Al Norte, el disco del sol como una bola de fuego ya recortada por el filo del horizonte. Del seno de las aguas se elevaban en magníficos haces centenares de líquidos surti-dores. A lo lejos, el Nautilus parecía un cetáceo dormido. Detrás de nosotros, hacia el Sur y el Este, una tierra inmen-sa, un caótico amontonamiento de rocas y de bloques de hielos cuyos confines no se divisaban. Al llegar a la cima del pico, el capitán Nemo fijó cuidado-samente su altura por medio del barómetro, pues debía te-nerla en cuenta en su observación. A las doce menos cuarto, el sol, al que únicamente había-mos visto hasta entonces por la refracción, se mostró como un disco de oro y dispersó sus últimos rayos sobre aquel continente abandonado en aquellos mares no surcados ja-más por hombre alguno.